Tolerancia para los Emos.

Por Gilberto Rincón Gallardo

Emos es el nombre que se ha dado a una más de las numerosas “tribus urbanas” de jóvenes que tienen presencia en varios núcleos citadinos, comenzando por la Ciudad de México. Los Emos han tomado su nombre de un apócope del adjetivo “emotivos”, aludiendo con esta denominación a cierta forma de expresar sus emociones que los acerca a conductas pasivas o depresivas.

Su vestimenta está tomada, aunque con adaptaciones, de otros grupos urbanos como los “darketos” o “punks”, y su signo distintivo es un mechón de pelo que, tanto en hombres como mujeres, cubre uno de sus ojos.

Un inquietante detalle de su identidad como grupo es que muchos de sus integrantes suelen hacerse pequeñas heridas para generar cicatrices que habrán de marcar en un sentido corporal su pertenencia al grupo.

Esta descripción es necesaria para situar con cierta claridad al grupo del que queremos hablar, pero poco aporta a la verdadera explicación de las razones que lo originan y de las que mantienen unidos a sus integrantes.

Creo que tal explicación es tarea de científicos como los antropólogos sociales, los sociólogos o los psicólogos sociales, pero el que los Emos se hayan convertido en un objeto de nuestra atención deriva de que se han visto envueltos en un conflicto de intolerancia.

Desde un punto de vista democrático y de derechos fundamentales, afirmamos que el pluralismo y la diversidad de formas de vida son maneras legítimas de expresarse en una sociedad compleja como la nuestra.

Pero, a diferencia del dicho que sostiene que “cada cabeza es un mundo”, debe constatarse que esta diversidad lo es más bien de grupos, es decir, que la manera que cada uno expresa sus opciones vitales y sus libres preferencias implican en general la afiliación a grupos constituidos o la generación de nuevos grupos.

Los Emos están integrados por jóvenes que ven en esa estética y esa concepción del mundo una manera de escoger su forma de vida o parte central de su identidad personal. Y, desde luego, tienen todo el derecho a hacerlo, más allá de que tal elección pueda no gustar a la mayoría de la sociedad.

La grandeza de ese gran descubrimiento humano que son los derechos fundamentales reside en que están basados en la idea de que ninguna mayoría puede invadir o limitar, sin razón justificada, el ámbito de decisiones de los individuos.

Si un grupo de jóvenes como el mencionado decide agruparse para vivir la vida de esa manera, y esto no daña a terceros, la obligación de un Estado democrático es proteger esa libertad electiva.

En días pasados, circuló en Internet una serie de llamados a ejercer violencia contra los Emos en, al menos tres ciudades: Querétaro, Distrito Federal y Puebla.

La convocatoria no venía de ninguna autoridad, sino de otros grupos urbanos que se ven como antagonistas de este grupo cuya capacidad de convocatoria es creciente.

Esta violencia se concretó en Querétaro y tuvo conatos en la Ciudad de México el pasado sábado. El Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación y otras instituciones públicas solicitaron a las autoridades correspondientes medidas precautorias para evitar estas agresiones.

Es muy fácil que un grupo minoritario, excéntrico y fácilmente identificable sea estigmatizado y luego discriminado. En este caso, la discriminación no viene directamente de las autoridades, sino de otros grupos (algunos de los cuales también sufren de estigmatización y exclusión).

Sin embargo, es responsabilidad de las autoridades que las amenazas de violencia no se cumplan y que las agresiones realizadas sean castigadas.

El respeto a la diversidad no es sólo un sentimiento cálido o un valor político de relumbrón. Si lo tomamos en serio, conlleva la fuerte exigencia de respetar el derecho de otros a hacer algo que nos desagrada y de ser tolerante con elecciones y formas de vida que nunca haríamos nuestras.

La meta de una sociedad tolerante no podrá sino ser el resultado de un largo proceso educativo, pero, aquí y ahora, el Estado está obligado a proteger a los diferentes y a garantizar sus posibilidades reales de expresar su forma de vida. Ello es parte del derecho fundamental a la no discriminación. (Notimex) (El autor es analista político)

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