La soledad de la niñez migrante.

Por Mauricio Farah Gebara

Durante 2007, Estados Unidos envió a México más de 22 mil menores de 17 años que habían intentado internarse en ese país sin documentos migratorios.

Esta cantidad revela que cada día, en promedio, 60 niños mexicanos son aprehendidos por las autoridades fronterizas estadounidenses. La cifra es alarmante: 60 cada día.

Pero estos no son todas las niñas, niños y adolescentes que asumen los riesgos de la migración indocumentada: son sólo aquellos que viajan solos. A esta cantidad habría que sumar, pues, los que viajan en compañía de uno o más adultos y, además, a los que, viajando solos, logran cruzar la frontera.

¨Cuántos menores de edad son los que están intentando y cuántos los que están logrando irse a Estados Unidos? Pueden calcularse en cien cada día. La emigración de menores mexicanos presenta diversas aristas, todas desafiantes para el Estado.

Por una parte, cuando un menor decide emigrar sin documentos o sus padres o parientes deciden que lo haga, se produce una fractura en la vida social de un país. Ese menor no vio, no apreció, no tuvo, una expectativa de vida y desarrollo en su propia tierra.

Básicamente, los menores emigran por tres razones, aunque el abanico de motivos es mucho más amplio: porque en su hogar o en su entorno social padece condiciones de trato intolerables; porque lo hace con propósitos de reunificación familiar; y algunos porque advierten en la partida un mundo nuevo, la aventura, tal vez, el sueño quizá, la llamada de un horizonte diferente.

La decisión es sólo el principio. El menor emprende un camino de enorme exigencia y graves riesgos. Si es difícil para el adulto, para el niño o el adolescente lo es más, dificultades y riesgos que se multiplican para las menores migrantes.

En algunos casos, el pago a un traficante, y la zozobra de si se cumplirán las promesas y las seguridades que reitera el pollero para cerrar el trato. En otros casos, la aventura solitaria o en medio de un grupo ajeno.

Llega el tiempo de la incertidumbre: el viaje hasta la frontera, el alojamiento en la casa de seguridad de los traficantes, el hambre, el miedo: los más afortunados intentan el cruce mediante una estrategia de documentación falsa, siempre a la deriva. La inmensa mayoría de frente al riesgo e incluso bajo el acecho de la muerte: el desierto, las montañas, los ríos y canales.

Muchos son los menores, entre treinta y cincuenta cada año, que han perecido víctimas de los climas extremos, el desierto que abrasa, la montaña que extravía, el río insuperable.

Los menores que son detenidos por la Patrulla Fronteriza son retornados a México, no siempre en horarios diurnos. Los que son entregados en la frontera por la mañana apenas tienen tiempo de buscar opciones, de saber qué hacer, dónde dormir. Los que cruzan la garita de noche llevan a cuestas la amenaza de las calles solas y la oscuridad lacerante.

Tanto el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, como los sistemas locales, particularmente los fronterizos, han realizado un gran esfuerzo por impedir que los riesgos de los menores se conviertan en tragedia.

Los alojan, les dan alimento, buscan a sus padres o a sus familias; los envían de regreso a casa. Una vida menos que se pierde en los laberintos que atenazan. No sólo se le rescata del miedo, sino de posibilidades reales de ser víctimas de abusos ocasionales e incluso de caer en las redes de los tratantes de personas.

La tarea es gigantesca y sería deseable que el Congreso de la Unión y los Congresos locales, tanto de las entidades fronterizas, como las que son origen de los menores, aumentaran el presupuesto destinado a este propósito. Literalmente, se trata de una labor de salvamento de vidas.

El desafío es creciente, pues, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Migración, tan sólo en enero y febrero de 2008, Estados Unidos regresó a México 8 mil menores. Si este ritmo se mantiene, durante este año serán enviados alrededor de 50 mil mexicanos menores de edad. Una cantidad inédita.

Más allá del sufrimiento y de los riesgos, que hay que atender y resolver, la emigración de menores constituye una llamada de atención para el Estado mexicano en su conjunto. Con la salida de adultos y de niñas, niños y adolescentes México está perdiendo inteligencias y fuerza productiva.

Nuestro bono demográfico es ahora alto, pero lo estamos cediendo por no crear las condiciones económicas y sociales que se requieren para que los mexicanos se desarrollen y produzcan aquí, por México y para México.

Las remesas, con todo y su magnitud y sus ventajas, nunca podrán igualar al beneficio que obtendríamos si generáramos riqueza. La riqueza produce mayor bienestar en donde se produce, no en donde se consume. (Notimex) (El autor es Quinto Visitador General de la CNDH)

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