Pobreza camina de la mano de la prostitución en Lima

Por José Luis Castillejos

Lima.- Escondido bajo un exagerado maquillaje, el rostro de la pobreza y la explotación sexual se desplaza en el cuerpo de mujeres de tacones altos y diminutas faldas que ocupan las esquinas de calles del centro de Lima.

La prostitución, un flagelo que involucra a muchas niñas y adolescentes, revela que las políticas sociales en Perú son un fracaso, según la queja de algunas “trabajadoras sexuales” o “sexoservidoras” como éstas se hacen llamar.

Notimex corroboró en la Avenida 9 de Diciembre o Paseo Colón y las calles Chota y Washington cómo, al caer la tarde, las mujeres se “pasean” y sin ningún rubor asedian a automovilistas, transeúntes y estudiantes para ofrecer sus “servicios”.

“A 20 soles (7.27 dólares) la hora, mister”, pregona Katty, una cincuentona mujer que usa minifalda de rayas negras y celestes y que en sus años juveniles debió haber tenido su esplendor, a juzgar por los rasgos que la caracterizan.

De oscuros ojos y cabello castaño, Katty barre con la mirada la calle y desde la escalinata de un vetusto edificio cuenta sus penas: “un día dejé mi tierra, el poblado de Rioja (en la Amazonia peruana) y me vine a Lima, donde creo que voy muriendo poco a poco”.

“Aquí no hay trabajo, la vida es dura, tengo hijos que mantener, mi esposo ya falleció y solamente me ha quedado este trabajo, atender clientes para ganar lo suficiente y mantener a mi familia. Es algo que no quisiera hacer”, afirma en su artillería de palabras.

Entre bocanadas de humo para disipar los malos olores del lugar donde tiene su “cuartel general”, Katty deja en claro que ha sufrido mucho, que su pareja la golpeaba y explotaba.

Trabaja días intercalados, un día sí, uno no y descansa los domingos, aunque en épocas importantes como la navideña prefiere atender clientes a diario “porque éstos están cargados de dinero”.

Katty dice que no es la única que sufre de falta de oportunidades, de un trabajo estable y preferiría volver a Rioja, su ciudad natal, en el amazónico departamento de San Martín, para volver aspirar aire puro, selvático, irredento.

Muy delgada, pero bien maquillada, la “sexoservidora” se queja de tener que aguantar, en las noches que le toca trabajar, el desprecio, la burla, el frío y la presión de los agentes policiales que la extorsionan al igual que el “caficho”, su protector.

“A todos tengo que darles de dinero, entre ellos a mi ‘caficho’”, dice, indicando a un jovenzuelo llamado Jaime que fuma pasta básica de cocaína y es el azote de las prostitutas de la zona.

Las autoridades peruanas no tienen una estadística real de cuántas prostitutas inundan las calles de Lima y de otras regiones del país, pero “éste es un mal extendido, donde todos ganan y nada se hace para ayudar a las involucradas”, afirmó el sociólogo Juan Reyes.

Egresado de la Universidad Católica, Reyes dijo que detrás de cada una de las personas que se dedica a la prostitución hay un drama, un explotador, o varios, pero poco pueden hacer las prostitutas por elevar su voz, porque son marginales.

“Hay toda una red que involucra a funcionarios municipales, policías, inspectores, cafichos, negocios, lenones. Hay niñas y jovenzuelos prostituyéndose en las calles y las autoridades gubernamentales no hacen nada frente a este fenómeno”, añadió.

En la Plaza Bolognesi, en el centro de Lima, Juana de unos 45 años, de rubia cabellera, labios rojos y carnosos y de pantalón apretado, asegura que se dedica a ese negocio porque no tiene otro mecanismo de subsistencia.

“Sé que es un oficio difícil, pero tengo que sobrevivir. Soy divorciada y, por ahora, lo que me interesa es salir adelante”, refiere esta mujer que vino de provincia pero ahora ya no quiere estar en Lima.

“Trabajo por necesidad. íCómo me gustaría cambiar el tiempo! Llegué a Lima con los sueños de una joven provinciana, quería progresar. Aquí me casé, pero mi esposo me maltrataba, tuve que huir y en mi desesperación empecé a trabajar de prostituta”, afirmó.

Su mirada refleja el dese

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