Pandilleros arrepentidos quieren reinsertarse en El Salvador

SONSONATE, El Salvador (AFP) – En un intento por dejar atrás un pasado de violencia, 489 pandilleros salvadoreños de la Mara Salvatrucha (MS) aprenden un oficio en la prisión para reinsertarse en la sociedad tras purgar sus penas.

“Todos los que estamos aquí nos salimos de la mara. Esa fue una vida loca muy peligrosa que sólo problemas nos daba y porque vimos a otros muchachos que terminaban muertos”, declaró a la AFP Julio César Sánchez, de 28 años y uno de los pandilleros arrepentidos que se encuentra en el penal de Sonsonate, a 65 km al suroeste de San Salvador, donde cumplen condena los mareros de la pandilla Salvatrucha arrepentidos.

Sánchez, de 28 años, que aprende el oficio de sastre, permanecerá recluido cinco años en el hacinado penal con capacidad para 250 reclusos y una población actual de 489 presos.

Ante el fenómeno de las pandillas y el grado de violencia que generaron, el gobierno salvadoreño inició en 2003 una política represiva de ‘mano dura’ y separó por cárceles a los presos de las Maras Salvatrucha (MS) y la 18 (M-18), que se tienen declarada una guerra sin cuartel.

Más de 6.700 mareros están detrás de las rejas, principalmente en cuatro presidios salvadoreños, dos para cada mara.

Juan Carlos Flores, de 28 años, optó por salirse de la pandilla cuando ya estaba en la cárcel, condenado a cuatro años de prisión por el delito de extorsión.

Flores se dedica a pintar marcos para cuadros y, según él, lo hace porque “es una actividad que me relaja y me ayuda a pasar ocupado en algo”.

Otro recluso que busca reinsertarse en la sociedad es Mauricio Beltrán, de 26 años, quien hace grabados en madera en el taller de carpintería de Sonsonete, con los cuales se gana “unos pocos dólares”.

Beltrán, que muestra un marco de foto con la inscripción del equipo de fútbol español “Real Madrid”, permanecerá en Sonsonate hasta el 2017 por “homicidio simple”.

“Lo que les puedo decir (a los pandilleros) es que se retiren, que busquen ya la manera de cambiar, porque la familia sufre y es un grave error meterse (a la mara). Dios da la oportunidad de reflexionar para entrar a algo positivo”, subrayó Beltrán.

Además del aprendizaje de un oficio, estos pandilleros arrepentidos que llevan los tatuajes que se hicieron entre los 14 y 18 años como señal de pertenencia al grupo, asisten a la escuela del penal para terminar la educación básica y posteriormente el bachillerato, y también reciben tratamiento psicológico.

“En realidad es bien difícil hacerles caer en la cuenta de que son personas y que no se deben a una clica (pandilla)”, aseguró a la AFP el portavoz de Centros Penitenciarios, Alberto Uribe, quien reconoce que de todos los presos que optan por la reinserción, los pandilleros son los que más dificultades tienen en lograrlo.

De los 1.700 delincuentes reinsertados en la vida productiva en los últimos años, sólo 25 son pandilleros, aseguró Uribe.

“Los que han roto con eso (la vida de la mara) han tenido que pedir permiso a la pandilla”, agregó.

El compromiso que adquieren cuando integran la pandilla queda marcado a golpe de aguja con tres puntos en sus manos: hospital, cárcel o cementerio, “los tres caminos del pandillero”, explica Uribe.

La prueba de fuego para estos jóvenes es cuando al cumplir los dos tercios de su condena pasan a la fase de “confianza”, donde pueden salir del presidio para visitar a su familia. La última parte de la rehabilitación social se desarrolla cuando trabajan fuera del penal y regresan a él sólo para dormir.

Mientras llega ese momento, lo mejor de esta vida en confinamiento se lo proporcionan los encuentros de fútbol, en particular los de la liga española. No en vano el Real Madrid y el Barcelona cuentan con muchos seguidores en Sonsonate.

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