Bolcheviques y mencheviques como perros y gatos.

Por Federico Muggenburg.

Ha sido una característica histórica de la izquierda universal vivir y sobrevivir a base de matar, no sólo política sino también físicamente, entre ellos y también en contra de sus enemigos.

Las purgas estalinistas en la Lubianka de la Stasi, el Goulag en Siberia, el paredón castrista en Cuba, los campos de concentración del Khmer Rouge en Camboya, las jaulas infrahumanas en Vietnam, etc., son ahora un recuerdo imborrable, semejante al de la brutalidad y la crueldad nazi, de los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald.

Y no es posible pensar en que las cosas pudieran ser de otra manera, cuando la visión antropológica de los marxistas -si es que la tienen- no concibe la dignidad de la persona como algo esencial y fundamental del ser humano.

Para los ideólogos más reconocidos entre los marxistas, el hombre es sólo una pieza más de la maquinaria para hacer la revolución o para aumentar la producción, aún cuando ésta carezca de la más mínima calidad.

En la Rusia kerenskyana, las facciones de los socialdemócratas (mencheviques) y las de los leninistas y los trotskystas (bolcheviques) lucharon ferozmente por el control del partido, por encabezar la revolución y por tomar el poder, triunfando como se sabe, los “bolches” (mayoría), a base de eliminar política o físicamente a sus contrarios, los “menches” (minoría), no sólo en Rusia, también, después en toda Europa.

En nuestro medio mexicano, la réplica o resonancia de aquellos combates son los históricos enfrentamientos que se han dado, desde la primera época del izquierdismo en México, entre los “lombardistas” y los “royistas/estalinistas”.

Luego en las constantes purgas del PC, hasta llegar a nuestros días con diferentes combinaciones; entre los infiltrados en el PRI, simpatizantes y/o aliados del castrismo o no, militantes del PPS y algunas otras pequeñas formaciones.

No todas configuradas en filas partidistas o guerrilleras, pero sí procedentes del conglomerado de terroristas, secuestradores y asaltantes originados en la revuelta del 68, hechos que fueran calificados por Jorge Masetti como “bandidaje revolucionario”.

Hasta llegar a la lucha actual en el seno del FDN, luego PRD. Ahora también están viviendo los modos de lucha análogos, de los “bolcheviques” contra los “mencheviques” de la vieja Rusia post zarista, sólo que acá, apenas alcanzan la configuración de peleas entre “perros y gatos en un costal”.

Fue así desde la primera elección “democrática” en la que luchaban “echeverristas y ramiristas”, encabezados por Porfirio Muñoz Ledo y Cuauhtémoc Cárdenas -quien impuso su “autoridad moral” en el partido- en contra de los ex comunistas del PSUM, los de la revuelta del 68, y los seguidores de Heberto Castillo del PMT.

Así es como han trascurrido feroces batallas intrapartidistas, que sólo ponen en evidencia el nivel y el tipo de “democracia” en la que ellos “creen” y practican. En los años 1996, 1999 y 2002, fue necesaria la intervención del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación para arbitrar las elecciones internas del PRD.

Pero fue en abril de 1999, cuando contendieron Amalia García y Jesús Ortega, que la elección transcurrió en medio del escándalo, de una feroz batalla de fraudes y acusaciones, al extremo que tuvo que anularse y volverse a convocar en agosto del mismo año. En esa ocasión se nombró un presidente interino, que fue Pablo Gómez, ex militante del 68, quien bautizara al PRD como un “partido de tribus”.

Esta vez, desde la integración del padrón electoral hubo acusaciones de “fraude y alteración del mismo, así como de propaganda ilegal”. Algunas voces perredistas pedían “aplazar” la elección.

El responsable del proceso interno, a través del Comité Técnico Electoral (CTE del PRD), el post priísta Arturo Núñez, consideró que por la crisis del partido “ya nadie se salva de la división interna”.

El que ha sido mencionado como la “autoridad moral del partido”, el ingeniero C

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