Dictadura del relativismo, dos varas y dos medidas.

Por Federico Muggenburg

Se ha puesto de moda hablar de lo “políticamente correcto”, como de un acierto de “consenso social” y a contrario sensu, de lo “políticamente incorrecto”, como de un “desacierto socialmente reprobable, condenable o intolerable”.

Los autores de esta dicotomía están ubicados entre los promotores de la “nueva dictadura del relativismo”, quienes imponen: “no hay principios de valor universal, ni existe doctrina alguna con validez vinculante en la sociedad, eso corresponde a una época superada, en la que a causa de la ignorancia, imperaba el dogmatismo, la intransigencia y la falta de libertad”.

Personas con esos criterios reciben el influjo de cierto tipo de instituciones mundiales muy exclusivas, como el “Consejo para los Asuntos del Exterior”, con sede en la Unión Americana o el “Club de los Banqueros de Bildelberg” con sede en la Unión Europea.

Ambas instituciones de afiliación selectiva y de opacidad consistente, se hacen presentes en los foros internacionales de gran renombre como la ONU, la UNESCO, el Foro Económico Mundial fundado en Davos, Suiza, en enero de 1971 (ha realizado 37 sesiones anuales ininterrumpidas), o la llamada “Comisión Trilateral”, fundada en Tokio en octubre de 1973 (ésta sesiona cada nueve meses, lo que significa que ha realizado 47 sesiones desde su creación).

El “clima cultural” de dichas entidades, por llamarlo de alguna manera, se funda en lo que ellos llaman “la laicidad”, modelo mental o mejor dicho “ideología”, que pretende establecer un modelo social, político y económico, en el que no tenga cabida ningún principio religioso, tema que debe quedar reducido al ámbito estrictamente privado o personal.

Algunos de sus promotores se cuidan de no parecer sectarios, evitando ser etiquetados como “liberales jacobinos trasnochados del siglo XIX”, pero a otros, no les importa esa identificación, es más, la buscan con singular entusiasmo. Los más importantes medios masivos de comunicación, sobre todo de nivel internacional, no han podido sustraerse a estas influencias.

Un ejemplo paradigmático es el del famoso diario francés “Le Monde”, que habiendo nacido como una cooperativa periodística, que para algunos románticos servía de ejemplo imitable, hoy es una avasalladora sociedad anónima, de la que el grupo español “Prisa” (también dueño de “El País”), tiene ya casi el 30 por ciento de las acciones.

No es posible dejar de señalar las crisis recurrentes y las consecuentes renuncias en la directiva del cotidiano francés, causadas por denuncias comprobadas de graves procesos de corrupción. En estos días, van a liquidar a buen número de colaboradores, por “quiebra técnica”. En el número 19653 de “Le Monde”, (desde hace tiempo reducido a 24 páginas de noticias generales y 8 de noticias económicas), de fecha 30-31 de marzo de 2008, se publicó una nota que abarca casi la cuarta parte de la página 9, encabezada así: “La construcción de un Santuario de mártires en Guadalajara, despierta a la laicidad mexicana”.

Lo usual es que esporádicamente aparezcan en ese diario notas sobre México, que no pasan de dos o tres centímetros de altura, por el ancho de una columna. Por razón de espacio sólo es posible transcribir el último párrafo: “En el cotidiano liberal “Reforma” el editorialista Sergio Sarmiento no se priva de criticar al “muy católico” gobernador de Jalisco, que se reúne una vez por semana con sus funcionarios, en la sede del gobierno, para estudiar en privado la Biblia.

“Que los representantes del Estado mexicano asuman su fe y rompan con la “hipocresía” de los gobernantes del pasado no es en sí peligroso, señala él. Pero la “línea de lo inaceptable” es rebasada, según él, cuando se emplea dinero de los contribuyentes para apoyar a instituciones religiosas”.

Es interesante ver la calificación de “Le Monde” sobre “Reforma”, -diario liberal-, cuyo Presidente del Consejo de Administración es uno de los 11 mexicanos que desde marzo de 2004 pertenecen al selecto grupo de los 300 integrantes de la “Comisión Trilateral”, y que además sea uno de sus periódicos, el que sistemáticamente ironiza y se burla sobre los gobernantes que no ocultan su credo religioso.

El autor de la nota de “Le Monde”, Jo‰lle Stolz, parece ignorar la actual legislación mexicana y lo que significa aportar a una “asociación civil”, distinta de una “asociación religiosa”.

También parece desconocer la historia reciente de México, que ofrece un brutal contraste entre una “aportación transparente”, como la del Gobernador de Jalisco, Emilio González, que fomentará el turismo religioso y generará una derrama económica, creando dos mil empleos directos y diez mil indirectos.

O la “aportación opaca”, que el gobierno de Luis Echeverría hizo en 1975-76, para acelerar la construcción de la nueva Basílica de Guadalupe, con la osada pretensión de que viniera a inaugurarla el Papa Paulo VI, a quien pretendía uncir a su proyecto para obtener el Premio Nobel de la Paz, o al menos la Secretaría General de la ONU. Todo, debido a que Echeverría creía genial, fundamental e histórica su “Declaración sobre los Deberes y Derechos Económicos entre los Estados”.

De esta “aportación opaca”, también debería rendir cuentas el “abad incrédulo”, monseñor Guillermo Schulenburg, quien se enriqueció en forma ilegítima, a más no poder, al tiempo que negaba las apariciones de la Virgen de Guadalupe y la existencia de San Juan Diego.

Bien se aprecian las “dos varas y dos medidas” de los que imponen sus opiniones “políticamente correctas”, contra las actuaciones de políticos que no practican la hipocresía dual de “decir una cosa y hacer otra” y son señalados por los “dictadores del relativismo” de ser “políticamente incorrectos y peligrosos”.

Quizá habrá que empezar a desempolvar la historia de los orígenes de la propiedad de algunos grandes medios de comunicación y las fotos de los que, se atropellaban unos con otros, para lograr ser fotografiados dándole la mano al Papa Juan Pablo II, que encareciera como mandato de la Nueva Evangelización: “Encarnar la fe en la conciencia y en la vida social”, lo que significa que, la fe religiosa no puede quedar reducida al ámbito de lo privado. (Notimex) (El autor es periodista)

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