Testimonio de un exorcista

Por Andrés Beltramo Alvarez

Ciudad del Vaticano.- La joven de 20 años estaba en “fase terminal”, temblaba y debía ser sostenida porque no lograba caminar, tenía sufrimientos tan dolorosos como si tuviera adentro trozos de vidrio que le cortaban y sentía que la cabeza le iba a explotar.

Gabriele Nanni, italiano de 48 años –actualmente incardinado a la diócesis de Trento-, exorcista desde 1999 y autor del libro “El dedo de Dios y el poder de Lucifer”, relató algunas de sus experiencias a Notimex. “Recuerdo el caso de una joven (poseída) de unos 20 años con un físico deportivo que tenía sufrimientos tan dolorosos en el intestino que era como si tuviera adentro trozos de vidrio que la cortaban, la cabeza la sentía explotar”.

“El demonio le impedía comer, ella deseaba ingerir alimentos pero inmediatamente devolvía todo; llegó un momento que sólo lograba comer pan y beber agua, y al final ni siquiera eso. Había sido reducida a un peso mínimo”. Según los médicos la muchacha estaba en “fase terminal”, desde el punto de vista clínico, temblaba y debía ser sostenida porque no lograba caminar.

Después de diversas “intervenciones” de exorcismo logró liberarse y, poco a poco, recuperar su vida. Los buenos exorcistas suelen ser sacerdotes sobrios, humildes y de intensa vida espiritual, lejos de los reflectores mediáticos llevan a cabo un ministerio que les exige una fe inquebrantable.

La mayoría no cuenta el número de exorcismos realizados a lo largo de su “carrera” eclesiástica, en su lucha espiritual sólo confían en tres simples armas: una imagen de la Virgen, agua bendita y el Ritual Romano.

“Lo que más me ha impresionado es la primera vez que me encontré con el demonio, en situación; de hecho no había ocurrido nada extraordinario pero toda la noche no hice otra cosa más que pensar”, confesó.

Nanni inició la narración de sus experiencias en el Policlínico Gemelli de Roma, el mismo donde Juan Pablo II fue internado en diversas ocasiones y, por cuestiones de espacio, la entrevista terminó desarrollándose en una mística capilla del hospital.

Explicó que según el Código de Derecho Canónico, la ley máxima de la Iglesia Católica de 1983, el exorcista es un sacerdote (nunca puede ser un laico) autorizado por el obispo para el territorio de la diócesis.

En el momento, quien exorciza es un “alter Cristo” por lo cual está investido por la Iglesia del poder de Jesús, sólo debe imponer las manos e invocar a Dios, con la oración el demonio es provocado, se manifiesta e inicia la lucha.

“Un exorcismo, siguiendo el rito comienza con la señal de la cruz, con una renovación de las promesas bautismales, pero el poseído no puede hacerlas porque si pudiera la persona sería ya libre”, estableció. Después siguen las oraciones “deprecatorias” en las cuales se pide a la Virgen y a los santos que intercedan para la liberación de la víctima y, finalmente, se pasa a las oraciones “imperativas” donde se ordena al demonio dejar aquel cuerpo.

De acuerdo al presbítero la liberación no es automática, la persona puede curarse después de varias sesiones las cuales pueden extenderse por semanas o, incluso, meses dependiendo del grado de presencia satánica. Una posesión, explicó, es una intervención “extraordinaria” que puede tener varias causas, desde el incauto acercamiento a realidades demoníacas hasta el sufrimiento de inocentes, víctimas de maleficios o magia.

Por este segundo caso niños muy pequeños, incluso bebés, pueden sufrir terribles enfermedades y dolores tan intensos que el mismo Nanni no dudo en referirse a ellos como “mártires” sin culpa.

“He visto casos de niños o adultos con cortaduras en los brazos o en los pies, las he visto aparecer casi instantáneamente y que se cicatrizaban en espacio de 20 a 30 segundos al colocar el agua bendita, se cerraban”, reveló.

Estas manifestaciones son “espectaculares y terribles” pero muy raras y pidió mas bien reflexionar sobre el poder del demonio que actúa

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