¿Crees en tu Buena Suerte?

Por Alfonso Villalva P.

Escúchame bien, porque no pienso repetir ni una sola vez lo que tengo que decirte aquí y ahora. No sé si tu contexto sociocultural o tu cúmulo de culpas propias y ajenas te vayan a mover para darme un sentido agradecimiento por mis palabras, o tu impulso bucólico y la arrogancia que quizá te caracterice, te lleve a imaginarme por senderos silvestres siguiendo la guía de una sonora mentada de madre tuya. No lo sé.

Pero te recomiendo escuchar antes de asumir la ceguera como tabla de salvación, antes de clavarte nuevamente en tu navegador de Internet para que te lleve al infinito ciberespacial; lejos, muy lejos, de la sensación cáustica que te provocarán mis palabras el día de hoy y sobre todo del enfrentamiento doloroso con la realidad, de la imperiosa necesidad de una acción concreta

Sé que tú eres un tipo de esos que andan por la vida llenando huecos en las solicitudes diversas que se requieren para sortear cada una de las semanas estándar de una existencia sin sobresaltos.

Quiero decir que sigues al pie de la letra las indicaciones de la forma prefabricada que te indica paso a paso la conducta esperada y te permite, solamente, seleccionar alguna variante menor, algún sabor dentro de las opciones del manual, del menú, quiero decir.

Sí. Mira: de seis a siete el destino marca que hay que tomar un regaderazo que puede ser entre tibio y caliente, con opciones de un riatazo helado al final, dizque para mejorar la circulación. Desayuno consistente en barra de granos diversos y youghurt light ya montado en el auto compacto pagadero a treinta y seis meses.

Un trabajo que hay que cuidar mediante avanzadas técnicas de nado de muertito, una secretaria del piso de abajo a quien desear secretamente, un prospecto de novia aburrida y un poco soez que no genera controversias ni inconveniente alguno, y mucho sexo seguro mediante tu ordenador.

No quisiera dejar de lado las siete rituales copas de ron a las que hay que aniquilar cada viernes al ritmo de rumba o música pop.

Claro, todo esto en la conveniencia de asumir la voz del cura como una verdad, de temer a la ira de Dios que aparentemente solo se evade con un pago puntual al clero secular; de contar con el cielo y la salvación, como quien cuenta con un depósito bancario a la vista.

Sí, en la comodidad de ocultar entre el duodeno y las demás tripas aledañas, todo eso que en algún momento de tu vida constituyó un sueño de juventud, un anhelo singular, una causa riesgosa para debatir.

Es decir, ignorando groseramente la pasión con la que alguna vez contemplaste ondear el lábaro patrio, o emitiste una opinión de política nacional.

Adicionar, por favor, dicen los formularios, un absoluto y abierto desprecio por todo que en tu vida fue una oportunidad y por apatía dejaste escurrir entre las manos. Ignorar como no ciertas las bofetadas públicas de papá, la afición por los jovencitos de mamá, el suicidio frustrado de tu hermana menor.

Muy bien, ya te reconociste. Eres tú en esta vida de atole en las venas que decidiste tener hace muchos años cuando renunciaste a pelear por un cariño profundo, por un derecho fundamental, por una idea bien concebida. Cuando abandonaste la testosterona y ofreciste tu rendición incondicional a la batalla que te hubiese hecho nacional de una patria conformada por dos metros de piel morena con aroma a jazmín.

Y el formulario dice que sí, que vives sin riesgos, efectivamente; vives muy estable, muy predecible. Pero oye, mi mensaje no culmina aquí, a fin de cuentas todo esto ya lo sabes. A donde quiero llegar es a una pregunta, digamos casual: ¨Has consultado últimamente uno de esos sitios web que con precisión matemática y a cambio de una módica suma te ofrecen calcular la fecha en la que vas a palmar, chupar faros, colgar los tenis, ingresar a uno de esos hornos abominables que tragan cadáveres y escupen cenizas, o, si eres optimista, dejar, al fin, de pagar impuestos?

¨Te has dado cuenta que por más que te agaches en la mesa de dominó no hay

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