El racismo, de vuelta.

Por Gilberto Rincón Gallardo

No es que se hubiera ido realmente, sino que, agazapado e incluso negado por los discursos oficiales, empezó a parecer menos bárbaro y menos peligroso que en otras épocas. Pero está de vuelta.

Los avisos llegan de todas partes. De lugares donde el racismo parecía estar superado y de zonas donde se mantenía más o menos abierto.

En Italia, los gitanos se han convertido en el chivo expiatorio del nuevo gobierno conservador para articular su oferta de seguridad pública, misma que fue central para la nueva llegada de Silvio Berlusconi al poder.

Allí, el asalto de una horda a un campamento de gitanos en Ponticelli para destruirlo y ahuyentar a sus habitantes, bajo el pretexto del robo de un niño por una mujer de etnia gitana, que nunca se demostró, no encontró condena inmediata de las nuevas autoridades, sino que incluso obtuvo justificación.

Ahora, ese gobierno promulga “poderes especiales” a los prefectos del gobierno en distintas regiones para “censar, realojar, alejar o expulsar, por vía administrativa o judicial” a miembros de la etnia gitana.

Alfredo Mantovano, del Ministerio del Interior italiano, no lo pudo poner más claro: “Como demuestran los números y la realidad sociológica, los romaníes son una etnia conectada a un cierto tipo de delitos. Robos, asaltos, e incluso, como en el caso de Ponticelli, rapto de personas.” (El País, 2 de junio de 2008).

El argumento de la satanización étnica es similar al de otras épocas: el diferente, el que tiene otro color u otras costumbres es sinónimo de peligro y delito.

Se adscribe así al grupo étnico completo la categoría de delincuente, y sus miembros se convierten sólo en casos, ya predefinidos, de esa supuesta esencia grupal.

Habrá, sostiene este prejuicio, casos fuera de lo común, gitanos trabajadores y responsables, pero serán la excepción de su grupo. De esta manera, se pierde la idea de responsabilidad individual, se juzga a un colectivo completo por los actos de unos cuantos y, como consecuencia, se limita a todos sus miembros derechos y protecciones.

El esquema no puede ser más claro: se trata de un trato sistemático de discriminación étnica o racial. Un grupo es estigmatizado, cargado de valoraciones negativas, aislado y marcado por prejuicios; luego, se hace posible, y hasta exigible por la masa de ciudadanos, que se les limiten derechos y se les nieguen oportunidades.

El círculo atroz de la discriminación se cierra: cada gitano es tratado como delincuente porque el grupo ya ha sido, a la usanza medieval, condenado previamente sin juicio y sin garantías de ningún tipo.

En otras zonas, el racismo vuelve a aparecer abiertamente vinculado a los conflictos políticos. En Chuquisaca, Bolivia, donde se asienta la capital política del país, Sucre, varios indígenas partidarios del presidente Evo Morales son golpeados y vejados públicamente bajo insultos claramente racistas.

En Bolivia, el debate de las autonomías, que podría ser conducido como un conflicto de competencia y de distribución de poderes entre el gobierno central y las regiones (y viable, por ello, de una solución democrática entre ciudadanos miembros de una misma comunidad política nacional), es formulado como un enfrentamiento entre los indios del altiplano boliviano y los mestizos de Santa Cruz, Tarija, Beni y Pando.

Otra vez el racismo, y la discriminación consecuente, marcan la política de una nación completa.

En México, con una historia de racismo punzante y dañina, pero también con una larga lucha por reivindicar los derechos de quienes componen los pueblos indígenas y otras minorías étnicas, no son pensables, por ahora, medidas y enfrentamientos de ese tipo.

La paz relativa de la que gozamos respecto del conflicto étnico no debería ser vista como una solución del mismo, sino como una oportunidad para enfrentarlo con políticas de largo plazo, orientadas al desarrollo social y a la atención especial de rezagos específicos.

Porque la mejor manera de enfrentar el racis

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