Preguntas sobre las perspectivas de un pontificado.

Por Andrea Tornielli

Hace poco más de una semana se dio a conocer el nombramiento como obispo del “regente” de la Casa Pontificia, monseñor Paolo De Nicoló (72 años). La noticia guarda algo muy curioso, porque con ello son tres los hermanos De Nicoló que han llegado a tener la mitra episcopal:

El primero fue Giacomo, nuncio apostólico (retirado desde 2004), el segundo fue Mariano, obispo de Rimini (retirado desde julio de 2007), y ahora la madurez del sacerdocio católico llega también para el más joven de los tres.

Es bien conocido que monseñor Paolo De Nicoló es un buen cura y fiel servidor de la Santa Sede, que ayuda al Prefecto de la Casa Pontificia, el arzobispo estadounidense Harvey.

Por eso, lo que estamos por decir no se relaciona con las características de la persona, pues seguramente merece el episcopado. El problema es más amplio, y pertenece a lo que se pensaba sería la supuesta “reforma” de la Curia romana bajo el pontificado del Papa Ratzinger.

Se sabía que, desde el verano de 2005, mientras tomaba sus vacaciones, Benedicto XVI recibió al entonces arzobispo de Génova, Tarcisio Bertone (a quien ya el Papa quería como secretario de Estado). Los dos discutieron un posible organigrama de la Curia.

Pero también se habló, al inicio del pontificado, de un “estilo” Ratzinger y de una reforma, con pequeños avances.

Por ejemplo, la decisión de agregar el Diálogo Interreligioso (después del exilio del obispo Fitzgerald como nuncio en Egipto) al Pontificio consejo para la Cultura, y los Migrantes al Pontificio consejo para la Justicia y la Paz.

Dos decisiones, que señalaban la voluntad de simplificar, agregar, disminuir estructuras, tener menos cardenales curiales y más cardenales obispos diocesanos.

Antes de todo, después del incidente de Regensburg y las polémicas que los fundamentalistas iniciaron contra el Papa, se demostró la importancia de tener un dicasterio dedicado al Diálogo Interreligioso.

Por eso Benedicto, que había presentado al Pontificio consejo para la Cultura la titularidad de este dicasterio, decidió nombrar al cardenal Tauran, experto diplomático de la Santa Sede, “ministro del Exterior”, como jefe del Pontificio consejo para el Diálogo.

El supuesto proyecto de no nombrar cardenales a los jefes de los consejos pontificios, tampoco fue cierto, porque fueron nombrados “purpurados” el jefe del consejo de los laicos (Rylko), y de Cor Unum (Cordes).

La supuesta supresión de algunos oficios (por ejemplo el de interpretación de los textos legislativos o de la familia, el primero se habría podido agregar a la Secretaría de Estado y el segundo al Consejo para los laicos) no se ha concretado.

Por el contrario, lo que ocurrió fueron múltiples nombramientos episcopales en puestos donde no se necesitaban. Por ejemplo, el caso del Prefecto del Archivo Secreto Vaticano, padre Sergio Pagano, nombrado obispo en septiembre (nunca lo fue el Prefecto del Archivo, que es un cargo que necesita conocimiento de los documentos y de la conservación de los textos, tarea que bien podría cumplir un laico no sacerdote).

Al mismo tiempo, se nombró obispo al joven secretario del Pontificio consejo para la Interpretación de los Textos Legislativos, llegando a la extraña realidad de un oficio pequeñísimo, que tiene tres obispos: el presidente (monseñor Coccopalmerio), el vicepresidente (monseñor Bertagna), y ahora el secretario (monseñor Arrieta).

Pero llamó más la atención el episcopado al “regente” De Nicoló, porque en el reglamento general de la Curia romana su cargo es equiparado con el de un subsecretario curial (que nunca es obispo).

Lo que parece, es que el episcopado sigue siendo considerado, en ciertas ocasiones (lo fue también con Juan Pablo II, que llegó a tener su secretario personal y su ceremoniero como obispos), como un premio de fin de carrera, o como una medalla para los buenos servidores.

El Concilio Vaticano II habló de manera diferente sobre la importancia y la tarea de ser obispo. (Notimex) (El au

You must be logged in to post a comment Login