Migración en Estados Unidos: una tercera vía.

Por Mauricio Farah Gebara / Notimex
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En conferencia de prensa, dos de los secretarios más relevantes
del gabinete del presidente de Estados Unidos: Carlos Gutiérrez, de
Economía, y Michael Chertoff, de Seguridad Interior.

El primero se pronuncia por un cambio de perspectiva respecto de
la migración. Dice: “Se ha debatido mucho sobre la carga de la
inmigración, pero no se ha dicho nada acerca de los riesgos de no
tener migrantes”.

Va más allá y habla de los “muchos países” en los que se ha
convertido Estados Unidos en materia migratoria, debido a la carencia
de una reforma; de la falta de trabajadores y de la amenaza de
colapso que ello representa para la cadena alimentaria.

Chertoff por su parte, que está a su lado, frente a los
periodistas, parece haber acudido a otra conferencia. Sin aludir a lo
dicho por su colega, informa acerca de los avances en la construcción
de muros contra personas y vehículos, de la instalación de equipos
electrónicos, radares, torres de vigilancia, sensores y aviones no
tripulados, de redadas en las empresas, de deportaciones masivas y de
nuevos sistemas de identificación personal y verificación de
identidad para los empleadores.

Gutiérrez culpa al Congreso de este “estado de desorden”, con
referencia a la proliferación de iniciativas estatales y ordenanzas
locales orientadas a normar aspectos de la migración, que, por
cierto, es de competencia federal.

Chertoff también menciona al Congreso, pero para subrayar que
necesita más dinero para concluir los planes de seguridad. Y destaca
que ya han construido 528 kilómetros de los 1,120 que se proponen
levantar, y que la Patrulla Fronteriza ya cuenta con 16,471
elementos.

Los dos representan al mismo gobierno, pero mientras uno habla
de las decenas de empresas de servicios que están cerrando y otras
que no pueden abrir debido a la falta de trabajadores calificados y
no calificados que ya no están llegando a Estados Unidos o que se han
ido, el otro destaca los muros, la infraestructura física y
tecnológica para impedir que esos trabajadores, cuya ausencia lamenta
Gutiérrez, puedan ingresar al país.

La conferencia de prensa se convierte así en un pequeño
laboratorio de lo que sucede en Estados Unidos: los que reconocen la
aportación laboral y productiva de los inmigrantes, y los que quieren
contenerlos o sacarlos del país. Hay muchas posiciones más,
claroscuros y matices, pero en el salón han convergido dos de las más
relevantes.

Mientras el secretario de Economía percibe la situación de
carencia de trabajadores como algo muy preocupante, el de Seguridad
Interior dice enérgicamente que “no habrá piedad para ningún
inmigrante indocumentado que sea detenido por las autoridades
migratorias ni cuando se trate del caso de la separación de un padre
o de una madre de sus hijos”.

A uno le interesa la economía, la política del gobierno
orientada a darle al país mayor competitividad en el mercado global;
al otro, sellar la frontera, deportar migrantes, “aplicar la ley a
todos los indocumentados”.

Faltaría un tercero que les dijera que para tener trabajadores,
lo que preocupa al primero, es necesario reconocer el valor de la
migración, ofrecer opciones para la regularización de los
indocumentados y abrir cauces para la migración legal de
trabajadores, lo que reduciría las angustias del segundo, pues con
opciones los migrantes se abstendrían de enfrentar desiertos,
canales, ríos, montañas, abusos y riesgos.

Y ya no sería necesario sellar la frontera ni perseguir a los
migrantes en centros de trabajo, en zonas habitacionales ni en
restaurantes.

Los dos siguen allí, en la conferencia de prensa, como si
hablaran de dos países y de dos gobiernos diferentes, desvinculados,
sin una política migratoria que los relacione y los haga ver como
operadores de una estrategia común.

Esta escena se multiplica prácticamente en todo el territorio
nacional: lo que quieren regularización y permisos temporales para
los trabajadores migrantes; los que los rechazan y quieren una
frontera infranqueable; los que requieren trabajadores y quienes los
persiguen; los que aprecian el trabajo de los migrantes y quienes los
ven como una calamidad social.

Al parecer, lo que divide a los estadounidenses en materia de
migración es la carencia de una tercera vía: una visión de orden y
legalidad, que por fin termine con la parálisis y ofrezca nuevos
caminos.

Necesitan a los trabajadores, pero no les ofrecen opciones
reales de inmigración legal. Los remiten a la clandestinidad para
mantenerlos vulnerables, y cuando los trabajadores migrantes
escasean, lamentan su ausencia.

Es deseable que el próximo presidente de Estados Unidos una los
extremos y, en el centro del debate, se pronuncie por un cambio de
paradigma en la política migratoria para que ésta sea clara,
incluyente, productiva y respetuosa de los derechos humanos de los
migrantes. (Notimex)
(El autor es Quinto Visitador General de la CNDH)

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