Migración, desempleo y alimentación.

Por Eduardo Leaman

Mientras instancias internacionales como la FAO, el Banco Mundial, la UNESCO, así como especialistas y académicos alertan por la visible crisis alimentaria que nos afectará a todos, no solo a los países de más bajos recurso, en otro horizonte, los índices de migración y del desempleo van en aumento.

El problema de la migración en nuestro país además de obedecer al natural destino de esos más de tres mil doscientos kilómetros de frontera con el territorio Estadounidense, es resultado de una sostenida desigualdad entre sectores sociales y la mala distribución de la riqueza, que ha mantenido en la marginación y la vulnerabilidad social a millones de mexicanos.

El éxodo procede de una razón fundamental: la necesidad de insertarse en procesos productivos, la incapacidad para sobrevivir del campo cuando la competencia está abierta y los intercambios en el mercado son desiguales.

A esto habría que agregarle la falta de cobertura de los derechos económicos, sociales y culturales, que mantiene a millones de mexicanos en el analfabetismo y la miseria, sin vivienda propia, sin empleo y sin cobertura médica.

Pero tal parece que mientras las remesas sigan siendo una jugosa y principal fuente de ingresos para México, seguramente no se asumirá con la responsabilidad y la autocrítica necesarias, el implementar políticas públicas más certeras, sensibles a problema de origen.

La migración no puede detenerse, por eso en México debemos encontrar la forma de que el campo vuelva a ser un espacio económicamente productivo para los mexicanos, ya que en las últimas décadas, las asimetrías han favorecido la concentración de la riqueza en unos cuantos productores agrícolas, y propiciado la migración interna y la itinerancia en las comunidades indígenas.

Es evidente que se requieren nuevos y más precisos diagnósticos como soporte a las políticas públicas, se requiere sobre todo, no confundir las políticas sociales con las asistenciales, ya que si bien ambas son alternativas de respuesta a los problemas, el asistencialismo produce efectos meramente mediáticos que no tocan los problemas de fondo.

La migración interna es un problema que debemos abordar, ya que implica una serie de procesos que no solo desgastan el tejido social sino que además, ponen en riesgo la vulnerabilidad y la dignidad humana.

La explotación de los trabajadores jornaleros, conlleva también una serie de violaciones en materia de derechos humanos, laborales, civiles, universales.

Por un lado quienes emigran proceden principalmente de las comunidades indígenas del sureste del país, pero las ciudades en este momento ya no representan un espacio para la inserción productiva, porque el índice de desempleo se ha incrementado considerablemente.

De conformidad con las cifras más recientes presentadas por el INEGI, existe una diferencia de cuatrocientos noventa y dos mil personas que durante el primer trimestre de este año, se suman al sector informal de la economía, donde ahora alrededor de 11.9 millones de mexicanos viven dentro de una lógica laboral inestable y por lo tanto, distante de la cobertura social que implica el trabajo formal.

Sin embargo, no solo en México el desempleo ha aumentado, la crisis económica estadounidense, arroja cifras inéditas, ya que solamente en la última semana trescientas ochenta y cuatro mil personas solicitaron la cobertura social por el desempleo según reporte del Departamento del Trabajo.

La desintegración familiar, la pérdida paulatina de los usos y costumbres de las comunidades indígenas y la creciente tendencia a una incapacidad para autosuficiencia alimentaria, son elementos que viene a complementar el problema de la migración interna y externa en México.

Sin embargo, se trata de una problemática que va en dos sentidos: por un lado somos un pueblo eminentemente migrante, y por el otro, somos el país de tránsito de la migración centroamericana hacia el norte.

Y es ahí donde nuevas responsabilidades como Estado y como ciudadanía

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