Rafael Correa: un católico de izquierda capaz de devorarse un cóndor

Por Rafael Croda.

Quito.- Rafael Correa es un mandatario latinoamericano atípico que deplora la infidelidad conyugal y el machismo; es un devoto católico practicante y en entrevista con Notimex dice que es, en esencia, un humanista cristiano de izquierda.

En el caso de Correa son difíciles las medias tintas: sus adversarios lo consideran un izquierdista radical, incondicional del mandatario venezolano Hugo Chávez y enemigo de los empresarios y de la propiedad privada, mientras que la izquierda radical ecuatoriana lo acusa de “derechizarse” y lo cataloga como un aliado de las trasnacionales.

En abril de 2005, Correa era un joven economista independiente de 42 años de edad que saltó de la academia al Ministerio de Economía gracias a su descollante currículum profesional: hoy, tres años y dos meses después, es presidente de Ecuador y líder del movimiento político con más respaldo popular en el país.

Correa es un político atípico, de estilo frontal y abierto, que dice lo que piensa: por ejemplo, sostiene en público que la prensa de su país “es mediocre y corrupta, salvo honrosas excepciones”, y a la trasnacional mexicana América Móvil la ha conminado a marcharse del país si no le gustan las condiciones para renegociar su concesión.

A dirigentes izquierdistas como Eduardo Delgado y Napoleón Saltos, quienes lo han acusado de responder a los intereses de la derecha, los ha ubicado en el ámbito de “una izquierda infantil, intransigente y fundamentalista que nunca ha hecho nada, ni ha dejado hacer nada”.

Correa, entrevistado en el Salón de Protocolo del presidencial Palacio de Carondelet, en el corazón colonial de Quito, indica que él conduce a su país hacia el socialismo del Siglo XXI “pero con sentido común”, sin radicalismos de ningún tipo.

El presidente explica ese “sentido común” de una manera muy gráfica: por ejemplo, él propuso que la nueva Carta Magna de Ecuador que redacta la Asamblea Constituyente –epicentro de su proyecto de reformas estructurales- reconozca los derechos de la naturaleza.

Sin embargo, aclara, por encima de los derechos de la naturaleza están los derechos humanos “y si yo me estoy muriendo de hambre y veo el último cóndor que queda en la tierra, yo lo hago fricasé (guisado)”. Es decir, cuestión de sentido común.

– ¿Usted cómo se definiría en términos ideológico-políticos? -preguntamos al gobernante en el sobrio ámbito del Salón de Protocolo del palacio presidencial, donde cuelgan oleos de los principales próceres ecuatorianos.

– Yo lo he dicho: soy un humanista cristiano de izquierda.

– ¿Es usted católico practicante?

– Sí señor.

– ¿Y mantiene usted buenas relaciones con la jerarquía católica? -preguntamos a sabiendas de que Correa se ha declarado adepto de la teología de la liberación, por lo general rechazada por los jerarcas de la Iglesia.

– Sí, pero soy crítico de esas estructuras (de la Iglesia católica), que creo que son anacrónicas, una Iglesia muy vertical, muy piramidal, discriminatoria de la mujer. Yo pienso que es necesaria una profunda autocrítica, otro Juan XXIII y otro Concilio Vaticano II.

– Ahora que menciona la discriminación a la mujer, usted se ha pronunciado contra el machismo e incluso ha recriminado a los hombres que le son infieles a sus esposas. Eso es algo atípico en un presidente latinoamericano, ¿no le parece?

– Sí creo que el machismo genera doble moral, y esa doble moral, ese insulto a la mujer, en América Latina, en México, como en Ecuador también, lamentablemente, incluso en el pueblo indígena, parece ser hasta una virtud.

Dice que está bien visto en las sociedades latinoamericanas que el hombre sea seductor y tenga muchas mujeres, “pero aaay de la mujer que mientras más seductora sea, mientras más maridos tenga. a eso se le llama de otra forma.

De acuerdo con Correa, un doctor en Economía por la Universidad de Illinois, “eso es intolerable, tiene que cambiar; ese es el cambio cultural y eso no se lo logra por decreto, sino con educación, con la rebelión de las mujeres, sobre todo de las jóvenes”.

El presidente ecuatoriano de 45 años de edad, el más joven de Latinoamérica, es miembro de una esforzada familia de Guayaquil que creció con el padre ausente (Rafael Correa Icaza, ya fallecido) y con su madre, Norma Delgado Rendón, como soporte único de él y sus hermanos Fabricio y Pierina.

Correa estudió becado tanto la primaria y la secundaria en el privado colegio católico La Salle de Guayaquil; la licenciatura en economía en la Universidad Católica de su ciudad natal; dos postgrados en Bélgica y Estados Unidos y un doctorado en la Universidad de Illinois.

– ¿Usted, como economista, leyó a Carlos Marx? –preguntamos en el salón protocolar, en cuyas paredes cuelgan grandes oleos de los próceres Simón Bolívar, Antonio José de Sucre, Manuela Sáenz y Eugenio Espejo.

– Leí a Marx, a (Federico) Engels, a muchos más, y a todos los filósofos del liberalismo, por si acaso.

– ¿Y qué opina de los marxistas?

– Yo creo que si Marx hubiera vivido el Siglo XIX y parte del Siglo XX no hubiera sido marxista; al menos no hubiera compartido con aquellos que se llamaban marxistas que distorsionaron mucho el pensamiento de Marx. Creo que muchas cosas se han superado del marxismo pero hay otros aportes muy importantes que siguen vigentes.

En la sala donde transcurre la entrevista con la Agencia de Noticias del Estado Mexicano cuelga del techo un enorme candelabro estilo francés y en mesita ubicada en una esquina aparece una foto del mandatario saludando a su colega brasileño Luiz Inácio Lula da Silva.

– A usted, presidente, con frecuencia se le pregunta sobre sus similitudes con su homólogo venezolano Hugo Chávez, pero yo quisiera preguntarle sobre sus diferencias con él. ¿Cuáles serían estas?

– Yo tengo diferencias hasta conmigo mismo. Por favor –exclama enfático, con cierta molestia–, o sea, ¿usted coincide con una persona totalmente? Siempre hay diferencias y yo creo que esa diversidad enriquece una amistad, si es que se comparten principios.

“Yo creo que con Hugo Chávez –-sigue ya relajado–, al igual que con todos los presidentes de América Latina, Michelle Bachelet, Cristina Fernández de Kirchner, Tabaré Vásquez, Evo Morales, el propio Lula da Silva. compartimos esos principio de amor por nuestras patrias”.

Todos, explica, “buscamos la justicia social y hacer realidad el sueño de nuestros libertadores, de ver una América Latina integrada, y si compartimos esos principios, la honestidad y la mano limpia, siempre será más lo que nos una que lo que nos separe”.

– Sin embargo, usted ha dicho que aquí en Ecuador impulsa el Socialismo del Siglo XXI. ¿Qué diferencia habría entre su proyecto con el Socialismo del Siglo XXI que fomenta el presidente Chávez en

Venezuela?

– Tal vez de estilos, como debe ser cuando ustedes dicen. hay muchos analistas que dicen que los socialismos de Chávez, de Bachelet, y creen que es lo mismo hablarle a un venezolano del caribe que a un chileno de Santiago, pero muchas diferencias son de estilo.

“En el fondo (la diferencia es) de estilo: la búsqueda de la justicia social, el recuperar nuestra soberanía, el buscar esa integración latinoamericana es la característica de todos esos socialismos que gracias a Dios estamos viendo en cada rincón de América Latina.

– ¿En ese sentido hay una nueva izquierda en América Latina?

– Sí, una izquierda que comparte los principios e ideas con la izquierda tradicional, por ejemplo, la supremacía del trabajo humano sobre el capital, la necesidad de la acción colectiva de superar este simplismo de que el mercado lo resuelve todo.

“No sé cómo pudimos vivir engañados todo ese tiempo con esos cuentos.

Es hora de la acción colectiva, de que la sociedad realice esa acción colectiva a través del Estado, es necesaria la planificación. Entonces, esas cosas son las que se comparten con el socialismo tradicional”

“¿Cuáles –se pregunta– son las diferencias con el Siglo XXI? A nadie en el Siglo XXI se le puede ocurrir eliminar la propiedad privada de los medios de producción; también rechazamos ese cambio violento. Las armas del Socialismo del Siglo XXI son los votos, sus ejércitos son los ciudadanos. Ya el materialismo dialéctico, la contradicción, quedó para la historia”.

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