Una Costa Diferente.

Por Alfonso Villalva P. / Notimex
.
Yo tenía ocho años, y el sol garantizaba nunca ponerse en esos
eternos días de juegos y aventuras a la orilla del mar. Mis amigos
Juan y Alberto representaban una especie de amalgama indisoluble que,
junto conmigo, éramos una goleta pirata indestructible, presta al
abordaje sagaz, relampagueante, que se acercaba a esos galeones
llenos de tesoros, joyas, princesas deslumbrantes, y piquetes de
soldados bien aferrados a su arcabuz.

Galeones de todas las nacionalidades que paseaban por allí, por
los rumbos de una niñez encantada, mágica, como ofreciéndose a manera
de recompensa a nuestra inocencia, a nuestra risa sin
preconcepciones, a la espontaneidad de nuestras carcajadas, a la
maravilla de nuestro asombro.

Durante los veranos, no podíamos soportar la espera del trámite
matinal del duchaso con jabón neutro y abundante, del zacate en los
codos y las rodillas que según nuestras madres garantizaba
despercudirlos, y el inenarrable desayuno rico en proteínas y fibras.

Apenas terminaba el martirio matinal, salíamos disparados a
reunirnos debajo del viejo muelle de madera podrida, aconchado de
tanta sal, impregnado de ese olor que despide la feminidad de la mar,
que se convierte en un imán irresistible para cualquiera que tenga
puesta al alma en el sitio correcto.

Llegábamos poco a poco, íbamos, digámoslo así, apareciendo como
en marejadas. Normalmente llegaba yo primero, luego Alberto, al final
Juan. Sin plan diseñado con antelación, nuestra imaginación nos
llevaba, desde el viejo oeste y sus balazos mortales, hasta las
aventuras de los superhéroes que aparecían en las páginas centrales
del periódico los domingos. Y éramos prácticamente hermanos.

En nuestras aventuras nos defendimos siempre de los demás, uno
al otro, nunca dejamos a nadie atrás, y estuvimos siempre dispuestos
a pagar una consecuencia inesperada, con tal de salvarle el pellejo
al otro en las garras de su madre, o peor aún, de su padre.

En más de una ocasión nos salvamos recíprocamente la vida, en el
agua especialmente, y con cierta frecuencia nos escondimos a llorar
juntos para liberar un poco el susto de alguna irresponsabilidad que
nos acercó al peligro, a la policía, o al patio de la casa de Doña
Lucilda, la vieja misteriosa que, estábamos completamente seguros,
tenía prácticas de brujería, o algo similar.

ramos uno solo, y lo seríamos por siempre. Y quizá Juan lo sepa
en algún lugar del cielo, si es que allí se encuentra. O quizá lo
haya recordado a ciento ochenta por hora en esa motocicleta maldita
que no pudo controlar, dicen, en las curvas de la montaña aquél día
de navidad, quizá porque era su destino simplemente, quizá porque su
destino se aceleró violentamente con el litro y medio de ron que
había consumido, o con los mililitros de heroína que habitualmente le
ayudaban a sobrellevar la vida miserable en la que terminó.

Intuyo que a Alberto se le olvidó. Por eso no quiso nunca más
tomarme las llamadas, desde noviembre que le llamé. Por eso lo
disculpó su secretaria, bien adiestrada, explicando que un financiero
de su talla, y las juntas, y las decisiones importantes, y las
reuniones de caridad, usted verá, a veces es imposible, digo, pero le
aseguro que él recibirá su mensaje.

Pero quizá algún día lo recuerde como yo lo hago hoy, aquí,
frente a una costa diferente pero de cara a la misma mar que con sus
humores seductores nos condujo a la felicidad sin paralelo en
aquellos veranos de niñez, junto a aquellos abuelos que nos amaban,
cerca de las niñas que nos inspiraban.

Quizá algún día lo recuerde mi buen amigo; como yo ahora, aunque
espero que no lo haga en una cama de hospital ambulante, ni frente a
esta buena mujer china que sin saber mi idioma, me saca a tomar la
brisa de la mar todas las mañanas, religiosamente, de diez a once,
por rigurosa prescripción médica, para mantenerme al margen de la
demencia, explican.

Esta china que sonríe comedidamente, por una paga modesta y a
cambio de mis palabras incomprensibles a ella.

Quizá mi recuerdo fuera menos intenso si acaso pudiese conversar
con alguien, si tuviera compañía espontánea, alguien a quien coger
del brazo, apretarle, y llorar con confianza, y soltura mi
desolación, mi impotencia para vencer a esta maldita enfermedad que,
según los médicos de la clínica en la que vivo desde hace meses, me
matará, indefectiblemente, en siete semanas. (Notimex)
(El autor es abogado y escritor)
[email protected]

© 2006-2008 Notimex, Agencia de Noticias del Estado Mexicano

You must be logged in to post a comment Login