El fantasma de Malthus.

Por Esteban Zamora

¿Recuerdan los lectores -los que para ello tienen edad suficiente, desde luego- el rebumbio que armó el libro de Paul R. Ehrlich “La bomba poblacional”, publicado en 1968?

Ehrlich, entomólogo de la Universidad de Stanford metido a ecologista y a demógrafo, anunció dramáticamente que “La batalla para alimentar a toda la humanidad se ha acabado [.] En la década de los 70 y 80, centenares de millones de personas se morirán de hambre a pesar de cualquier programa de choque que se emprenda ahora.

A estas alturas nada puede impedir un sustancial incremento en la tasa de mortalidad mundial, aunque muchas vidas podrían ser salvadas mediante drásticos programas para ampliar la capacidad de la tierra incrementando la producción alimentaria y distribuyendo más equitativamente el alimento disponible.

Pero estos programas sólo proporcionaran un aplazamiento a menos que se acompañen con esfuerzos decididos y exitosos de control de la población”.

Para llevar su alarmismo al extremo, pronosticó que “un mínimo de diez millones de personas, en su mayoría niños, se morirán de hambre durante cada año de la década de los setenta. Pero esto es un mero puñado comparado con los números que se morirán de hambre antes del fin de siglo”.

Pero tal tragedia no se daría, por ejemplo, en el Africa subsahariana sino que antes del año 2000 unos 65 millones de norteamericanos iban a perecer por inanición.

“Nuestra posición requiere -clamaba Ehrlich- que emprendamos acciones inmediatamente en nuestro país y que promovamos actuaciones efectivas en el ámbito mundial. Debemos tener control demográfico en esta nación, si puede ser mediante cambios en nuestro sistema de valores, o si no a la fuerza si los métodos voluntarios fracasan”.

Hubo políticos norteamericanos que compraron la histeria de Ehrlich, Robert McNamara entre ellos, y procedieron con frío pragmatismo a poner en marcha un plan mundial de control natal para esquivar las presiones que los pueblos hambrientos del tercer mundo ejercerían sobre el imperio cuando la bomba poblacional estallara.

El alarmismo de Ehrlich no era sino la reedición de las fallidas profecías del economista inglés Thomas Robert Malthus quien a fines del Siglo XVIII anunció que, en virtud de que en tanto que la producción de alimentos crece de manera aritmética la población lo hace en forma geométrica, para fines del Siglo XIX morirían de hambre 70 millones de compatriotas suyos ya que Inglaterra tendría para entonces una población de 112 millones y su capacidad se limitaba a alimentar sólo 35 millones de habitantes.

La revolución industrial, el perfeccionamiento de tecnologías que multiplicaron la producción de alimentos y el desarrollo del transporte han impedido que se cumplan los apocalípticos augurios.

A pesar de que ni Malthus ni Ehrlich acertaron en sus sombríos vaticinios, el alza mundial de los precios de los alimentos, provocada por el aumento del consumo de pueblos que antes tenían que conformarse con una dieta más modesta (ahora los chinos son ricos y comen más carne).

Aunado al desvío hacia la producción de biocombustibles de la cosecha de maíz en Estados Unidos, que antes era destinada al consumo humano, ha propiciado el regreso del fantasma del maltusianismo.

Ahora ya se levantan voces para alertar al mundo contra el supuesto peligro de que la práctica de la agricultura a gran escala degrade al medio ambiente y a la diversidad genética de tal manera que al alcanzarse el punto crítico la hambruna sería inevitable.

Para tranquilidad nuestra, recordemos la polémica entre Paul R. Ehrlich y Julian L. Simon, sosegado economista este último, que concertó con el primero una apuesta en el sentido de que los precios de los metales más necesarios para mantener la actividad industrial, el cobre, el níquel, el cromo, el estaño y el tungsteno bajarían en los siguientes diez años.

Apostaron mil dólares tomando índice los precios del 29 de septiembre de 1980 y se sentaron a esperar que llegara el 29 de s

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