Centurion Ministries: liberar a inocentes

Por Oscar Santamaría.

Nueva York.- El baterista del grupo Poison, Rikki Rockett, respiró tranquilo luego que un juez retiró los cargos de violación en su contra y para celebrar organizó una cena a beneficio de una organización de nombre extraño: Centurion Ministries.

El caso de Rockett, muy conocido dentro del mundo del heavy metal, se remonta a septiembre de 2007, cuando una mujer que trabajaba en un casino de Mississippi denunció haber sido violada y le señaló como culpable.

No obstante, tras ser arrestado las autoridades comprobaron que no pudo ser él porque simplemente no se encontraba en dicho estado, sino en California.

Para festejar la noticia y olvidar el mal trago, el sábado pasado organizó una cena en la que recaudó dinero para dicha organización.

Poco se sabía hasta entonces de este grupo dedicado a sacar de la cárcel a aquellos presos condenados injustamente a la pena de muerte o a cadena perpetua.

Aunque Rockett no tuvo que recurrir a ellos, la pesadilla que sufrió personalmente le ha hecho imaginarse lo que podría haber vivido en caso de haber sido una víctima más de los errores judiciales o la negligencia policial.

Esta asociación no lucrativa nació en 1980 de la mano de Jim McCloskey.

Su sede se encuentra en Princeton, Nueva Jersey, y en las tres plantas que ocupa en la avenida principal de esta tranquila localidad trabajan cinco empleados fijos, 15 voluntarios y un par de abogados.

A nivel nacional tiene una red de letrados, investigadores privados y forenses.

En sus casi 30 años de vida ha sacado de la cárcel a una treintena de inocentes. Pero, ¿cómo empezó todo?

McCloskey se crió en una familia adinerada a las afueras de Filadelfia.

Su padre era un próspero constructor y él se dedicó desde joven a los negocios, principalmente como alto ejecutivo de firmas consultoras extranjeras, sacando provecho de los conocimientos aprendidos durante su estancia de tres años en Japón y Vietnam como oficial de la Marina.

McCloskey vivía cómodamente, sin privaciones. Pero en 1979 todo cambió. Fue entonces cuando se dio cuenta, como él mismo ha reconocido en las pocas entrevistas que ha concedido en todo este tiempo, que su vida era “superficial, vacía y egoísta”.

En la treintena, se encontró perdido, en medio de una grave crisis existencial y decidió cambiar radicalmente su destino.

Así, vendió su rancho y el Lincoln plateado con asientos de cuero rojo que conducía y se tomó dos años sabáticos para meterse en un seminario de Teología de la Universidad de Princeton.

Durante un taller en la prisión de Trenton, en el que hacía las veces de capellán (se hizo ministro prebisteriano), fue cuando encontró su verdadero camino, “la llamada de Dios”.

Allí conoció a un traficante de drogas, Jorge de los Santos, que le contó su historia y le juró una y otra vez que era inocente.

McCloskey le creyó y dejó el seminario para, con sus ahorros y 10 mil dólares que le prestaron sus padres, ponerse a investigar este caso.

Le llevó dos años demostrar, en efecto, que De los Santos era inocente. Más tarde, vio como salía de la cárcel y empezaba una nueva vida.

Desde entonces decidió que su misión sería defender “a los olvidados y enterrados en vida”, según sus propias palabras.

El nombre de la asociación está inspirado en la Biblia: en un Centurion romano que exclamó, al ver a Jesucristo crucificado, que “sin duda, este hombre es inocente”.

La organización recibe al año más de mil 300 peticiones de gente que dice estar encerrada tras las rejas por una confusión. Pero son extremadamente selectivos a la hora de elegir.

McCloskey afirma que acepta tres casos al año después de revisarlos unos cinco años de media. Este proceso culmina con una entrevista cara a cara con el condenado. Todo para que McCloskey esté 100 por 100 seguro de que dice de la verdad y que es inocente.

En las tres décadas que lleva abierta, con un total de cerca de 60 casos, sólo en tres han fallado.

En la mayor

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