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MÓNACO (AFP) – Bellezas perfectas y siempre misteriosas, las ‘Reinas de Egipto’ -madres, esposas o hijas de faraones- salen por primera vez de la sombra de los soberanos en una exposición inaugurada este fin de semana en el principado de Mónaco.

Pocos han oído hablar de Karomama, Henhenet, Neferuptá o Nefertari, soberanas del valle del Nilo.

“Los historiadores se han focalizado en la larga sucesión de faraones, sin prestar atención a sus compañeras, al aspecto femenino de la realeza”, constata Christiane Ziegler, curadora de la exposición abierta hasta septiembre en el Foro Grimaldi.

Ex directora del departamento de antigüedades egipcias del Museo del Louvre, Christiane Ziegler comenzó sus estudios de egiptología con una tesis sobre la reina Tiy, esposa de Amenothep III.

“La bibliografía sobre el tema era casi inexistente en ese entonces, como para la mayoría de las reinas. En los últimos años han comenzado a salir libros sobre ellas y esta exposición es la primera en tratar el asunto a fondo”, explica.

¿Cómo era la vida de esas mujeres en la corte de los faraones? ¿Qué lugar ocupaban las madres, las esposas, las hijas? ¿Cuál era su papel doméstico, político, religioso?

Un recorrido temático, que se apoya en 250 obras prestadas por prestigiosas instituciones de 15 países -Museo Egipcio de Berlín, Museo Real de Bélgica, Museo de El Cairo, Museo Metropolitano de Nueva York, el Louvre de París o el British Museum- intenta familiarizar al visitante con esos diferentes aspectos.

La exposición se abre con la figura mítica de Cleopatra y termina con una evocación de la reina Tausert, cuya tumba, hallada en el Valle de los Reyes, inspiró a Theophile Gautier la ‘Novela de la momia’.

Entre estas dos mujeres legendarias desfilan las facetas desconocidas de las soberanas, como ser la supremacía de la “real gran esposa”, madre del príncipe heredero, sobre las concubinas y esposas secundarias del harén.

El serrallo, lejos de ser un lugar de reclusión, era un espacio donde vivía libremente todo un batallón de sirvientas, nodrizas, peluqueras y músicas, y donde se tejía el lino, se trabajaba el marfil, la madera, la cerámica.

La exposición revela igualmente numerosos “matrimonios diplomáticos” pactados por los faraones con princesas extranjeras para reforzar alianzas con vecinos poderosos, como atestigua una pieza de orfebrería que lleva el nombre, de origen sirio, de tres esposas secundarias de Thutmosis III.

Aun cuando no desempeñaban sistemáticamente un papel político central, las reinas estaban encargadas de usar sus encantos para ganarse el favor de los dioses. Numerosas escenas las muestran blandiendo instrumentos musicales sagrados, sonajas y collares para endulzar los oídos divinos.

Lo único que lamenta Christiane Ziegler es que haya pocos testimonios sobre la vida íntima de estas princesas que dan siempre una imagen de bellezas perfectas, siempre misteriosas, con un cierto rigor institucional.

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