Ávila culmina Gran Cruzada por El Salvador en el estadio Cuscatlán

“Vamos, vamos con todo, Rodrigo Ávila Presidente” era el estribillo que más tronaba por los aires dentro de un Cuscatlán abarrotado, donde presumiblemente no cabía ni una alma más, antes de dar paso al plato fuerte del día de la “Gran Cruzada por El Salvador”, el discurso de Rodrigo Ávila.

El estribillo “Ávila Presidente” se apagó suavemente en medio del griterío de los presentes para dar paso, por los mismos parlantes, al otro estribillo tan conocido y rítmico del partido “libertad se escribe con sangre, trabajo con el sudor…”.

Y mientras brotaba a chorros por todo el ambiente el resto del cántico nacionalista, “… unamos sudor y sangre pero primero El Salvador…” Rodrigo Ávila se habría paso por los cuerpos aglutinados de la marejada, como un boxeador de elite por el corredor que le lleva al cuadrilátero.

Segundos más tarde, aparecía ya en la tarima central instalada en medio del estadio el candidato Rodrigo Ávila ensombrerado, como agricultor, acompañado de su mujer y sus hijas. Ahí un profesional del micrófono, pronunciaba el anuncio “con ustedes el próximo presidente de El Salvador”.

El interminable gentío del Cuscatlán se desvanecía en gritos de exclamación.

Tenían ante sus ojos al hombre que dice quiere hacer de sí mismo la revolución arenera hacia el cambio y la reinvención del partido en un aparato nuevo en donde primen el progreso, la libertad, la equidad y, sobre todo, “lo social”, la parte, quizás, más olvidada de los gobiernos areneros en los últimos 20 años.

“Mayor Roberto D’Aubuisson”, con fuerza y contundencia, fueron las primeras palabras que Ávila pronunció.

En ese momento quedaban pocas dudas en el ambiente de que el candidato no iba hablar para esa franja de votantes indecisos, que tanto necesita para ganar las elecciones, sino para alimentar y enaltecer hasta el cielo el sentimiento partidista de los ahí presentes.

Qué otra manera sino de empezar un discurso. Antes de entrar en los mensajes fuertes, Ávila saludó “a los de la lomita”, gente que, presumiblemente, se había quedado tirada en la cuneta, por falta de espacio y acomodo dentro del Cuscatlán.

Fue el detalle en directo para los descuidados que no previeron bien o los que se vieron desbordados por los acontecimientos del evento.

Ya bien entrado en su discurso, Ávila habló de lo que ha venido hablado últimamente: de la “construcción de una nueva historia para nuestro país”, de “cambio”, de “país más fuerte” comprometido con “lo social”, de las “pensiones”, del “bono solidario”, de creer en Dios, del “progreso como nunca se ha visto en Latinoamérica y en el mundo”, palabras monumentales y atrevidas estas últimas, diría yo.

Después, se retocó el sombrero, al igual que un soldado en guerra se acomoda el casco para cubrirse bien la cabeza antes de comenzar a disparar, para pasar a la ofensiva en contra de la oposición del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, sin miramientos, ni reparos.

A “Nuestros adversarios”, a “los reyes del engaño”, a los que fomentan los “odios de las clases”, a los que “nunca han cambiado”, a “los que nunca han trabajado”, a los que no se les puede pedir amor “por que siempre han odiado”, serán derrotados en el 2009.

Porque “los buenos somos mayoría, y en una democracia siempre ganan los que somos mayoría” aseveró con dureza para el goce y deleite de los oídos de la multitud.

En el tercer tramo del discurso, la voz empezó a fallarle. Con humildad y honestidad, casi siempre, impropias en los políticos, dijo “Necesito mi té con miel y cebollita”.

Parecía realmente que lo necesitaba. Sin embargo, nadie dedicó un aplauso a ese acto de gran sinceridad en el candidato. Yo sí lo hice, pero nadie me vio.

Y como si el destino quisiera restarle credibilidad ante los ojos de la diáspora, la voz le carraspeó cuando pronunció de su lengua “los salvadoreños en el exterior serán integrados en el desarrollo del país”.

Ávila aprovechó para hacer un llamado de unidad a los que creen en un “país más justo”

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