Hijos de la diáspora en Estados Unidos

Maurice el joven gerente del escondido y selecto club de yates al que voy con mi familia para nuestras ya incontables navegadas de pesca, nos saludó con la misma amabilidad de siempre.

Al sonido armonioso y relajante de la música caribeña de la banda de músicos con sonrisas motivadoras y el paradisíaco entorno de jardines verdes adornados con innumerables flores de todo color.

Imaginable entre huertas de banano y candiles emanando pequeñas llamas que bailaban con la brisa frente al atardecer reflejado en las pequeñas olas de la bahía de Chesapeake al sur del estado de Maryland.

Este fin de semana con mis hijos nos embarcamos para cumplir nuestra acostumbrada misión de atrapar el codiciado pez “rockfish” que puede crecer un poco mas de cinco pies y pesar hasta setenta libras.

Mientras revisé las cartas náuticas en la computadora del yate y me aseguré que todo el equipo de navegación estaba en orden, Michelle, mi hija de cinco años me dijo: “Papi, I am going to catch a little fish and keep it alive for my fishing tank, ok, Papi”, (Papi, Voy a pescar un pescadito y lo voy a mantener vivo para mi acuario, ok, Papi).

Deseo aclarar que el yate no es mío sino de mi socio, quien me enseñó a navegarlo y me permite usarlo cada fin de semana cuando él no lo utiliza, que generalmente es casi cada fin de semana, ya que él raramente lo ocupa.

Mientras nos alejamos de la costa y el sonido de la música y las sonrisas de la gente en el muelle se desvanecían, observé el rostro alegre y la mirada relajada de mis hijos.

Eso me hizo pensar en lo afortunados que ellos son junto a millones de otros hijos de la diáspora latinoamericana, que tienen la oportunidad de crecer y desarrollarse en un país como este, el cual es adonde han nacido y es su patria.

Mas allá de la trivialidad de las cosas materiales a las cuales estos millones de niños de origen latinoamericano tienen acceso por medio de los sueldos que las largas horas de trabajo y sacrificio de sus padres y madres les permite otorgarles.

Ellos cuentan con algo más valioso, que es tener el respaldo de un gobierno que les ofrece tres beneficios esenciales para su desarrollo que son: Salud, educación y alimentación.

Sin importar la condición económica de la familia —después de su concepción— estos niños tienen acceso a cuidados prenatales excepcionales, que reducen los riesgos de mortalidad neonatal y permite el nacimiento de seres humanos saludables.

El nacimiento y supervivencia de Michelle en una incubadora por tres meses fue gracias a este cuidado, ya que nació a los cinco meses de embarazo, pesando menos de dos libras y ahora es una niña muy sana e inteligente.

La mayoría de estos millones de niños de origen latinoamericano son educados bajo el sistema escolar público de este país, el cual en estados como Maryland y el norte de Virginia son excelentes.

Hace un mes asistí a la reunión de orientación para padres de familia en la nueva escuela de mi hijo Stephen, de 13 años, quien está dando el trascendental salto de niño a adolescente y que iniciará en septiembre el séptimo grado.

Salí impresionado, no solamente de las instalaciones que son modernísimas y equipadísimas con lo último en tecnología, pero por el grupo de profesionales que serán sus profesores, que incluye a científicos y artistas.

Con respecto a la alimentación, el sistema escolar público provee un programa gratuito para quienes califican y otro de bajo costo para quienes no califican a la alimentación gratuita debido al nivel de ingresos de la familia.

Así también el gobierno federal ofrece un programa de alimentación gratuita para familias de bajos ingresos que lleva el nombre de WIC, que significa: Women, Infant and Children, (Mujeres, infantes y niños)

Estos programas tan importantes junto a la oportunidad de trabajo que les espera al ser adultos son lo que permite a los hijos de la diáspora latinoamericana a crecer con una oportunidad brillante para alcanzar el éxito integral en sus vidas.

Y eso es l

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