El aniversario de Nelson Mandela también conmemora un romance

JOHANNESBURGO (AFP) – El ex presidente sudafricano Nelson Mandela celebra el viernes sus 90 años y también el décimo aniversario de su unión con Graça Machel, viuda del ex presidente mozambiqueño Samora Machel, un romance tardío que pareció llevar la paz a un hombre de Estado que dedicó su vida al combate.

El político más querido del mundo es todavía más amado por su mujer. Para muchos sudafricanos, la unión celebrada con gran secreto el 18 de julio de 1998, el día que Mandela cumplía 80 años, tiene aires de cuento de hadas, tras la vida de infortunio y aislamiento de su primer presidente democrático.

Sus dos primeros matrimonios, con Evelyn Wase (de 1944 a 1955) y después el pasional con Winnie Madikizela (1958-96), se resquebrajaron con los golpes y los sacrificios de la lucha contra el apartheid y con los 27 años de detención.

Solamente a los 80 años, como presidente pre jubilado, Mandela pareció encontrar el apaciguamiento.

En 1990, poco después de su liberación a los 71 años, conoció en Maputo a la viuda del ex presidente mozambiqueño Samora Machel, muerto en un accidente de avión en 1986, del que se responsabiliza al régimen del apartheid.

Progresivamente, se fue enamorando de esta mujer 27 años más joven. La pareja aparecía poco en público, como en la boda de Robert Mugabe donde se les vio besarse en 1996, año del amargo divorcio de Winnie, de la que estaba separado hacía ya cuatro años.

Entusiasmado como un niño, Mandela se explayó ante la prensa sobre “el maravilloso sentimiento de estar enamorado (…), una experiencia que cada hombre debe conocer”. “En un momento tardío de mi vida, me estoy abriendo como una flor gracias al amor y al apoyo que ella me ha aportado”.

Graça, mujer brillante y elocuente, ex ministra de Educación de su país que conservará sus compromisos humanitarios, sorprende a su hiperactivo esposo por su actividad. “Ella está más ocupada que yo”, bromeaba Mandela. “Tendría que haberme casado con alguien menos atareado”.

Como una presencia diligente, acompañando un caminar cada vez más cansino, Graça Machel también supo expresar con elegancia la sutil mezcla de admiración y lucidez por su esposo, que pertenecía un poco al mundo entero.

“Es tan especial, decía ella. Sé que cada mujer dice que su marido es especial, pero es que él lo es de verdad”, confesaba, reconociendo que aunque su marido es un “símbolo (…) no es un santo. Tiene sus debilidades”.

Diez años después de su boda, su amigo el arzobispo Desmond Tutu todavía habla de una pareja “profundamente enamorada, como una pareja que acaba de volver de su luna de miel”. Se acuerda con cariño de su boda en Johannesburgo, celebrado después de que Mandela acabara las tradicionales negociaciones con la familia de Graça, y entregara la dote establecida.

La pareja, cuando él conseguía escaparse de sus obligaciones públicas, repartía su tiempo en sus casas de Maputo en Mozambique y de Johannesburgo y Qunu en Sudáfrica. Siempre eran discretos, pero deseosos de comer con viejos amigos o compañeros de lucha, como Ahmed Kathrada, que había sido también detenido en Robben Island, o el abogado George Bizos.

Mandela, explica su portavoz Zelda la Grange, pasa mucho tiempo leyendo, actividad que cultivó en prisión, y desarrollando sus obras caritativas. También disfruta de la compañía de sus nietos y biznietos, expresando su pesar por no haber podido ver crecer a sus hijos.

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