Enigma sobre los despojos yertos de Anastasio Somoza

Una difundida leyenda cuenta que al verse perdido ante las fuerzas sandinistas, Anastasio Somoza Debayle corrió al panteón del cementerio donde reposaban los restos de su padre, el también dictador nicaragüense Anastasio Somoza García, y su hermano Luís, para llevarse en su huída sus restos para evitar una profanación.

La leyenda dejó establecido que en la madrugada del 17 de julio, con la consumación de la victoria sandinista en ciernes, los Somoza cargaron los féretros de los ex dictadores en una limusina antes de salir del país.

La versión nunca fue desmentida por la familia Somoza, dado que prefirieron callar temiendo la reacción que se podría dar durante el gobierno sandinista.

Un alto ex oficial de Inteligencia del Ejército de Nicaragua fue el primero en sembrar dudas sobre el supuesto operativo de rescate de féretros diciendo que nunca pudo ser posible, porque Anastasio Somoza Debayle salió en helicóptero de su bunker al aeropuerto, ya que la mayoría de las calles estaban prácticamente tomadas.

Las dudas sobre la leyenda aumentaron cuando algunos testigos confirmaron que pocos días después del 19 de julio, el féretro de Somoza García se encontraba a unos 50 metros de la cripta de oficiales de la Guardia Nacional, lo que indicaba que la versión de los féretros en la limusina no podía ser verdad.

De esa misma manera un conocido periodista nicaragüense refirió que poco después del triunfo sandinista llegó hasta el Cementerio Occidental en compañía del reconocido fotógrafo Cruz Flores, y tomaron fotos de los restos dispersos de Somoza García fuera de la cripta y en medio de la basura del lugar.

La verdad fue aflorando a través de un programa de la Alcaldía de Managua llamado “Rescate de la memoria histórica de Managua”, y de un programa semanal histórico del programa Buenos Días de Canal 12, que abrieron un debate y una investigación al respecto. Previamente, en el Cementerio General Occidental fue hallada la tumba del general Tomás Martínez, el hombre que enfrentó a William Walter, el célebre aventurero norteamericano que se hizo proclamar presidente de Nicaragua.

Los investigadores recogieron el testimonio de periodistas que el día de la victoria sandinista, llegaron al cementerio y tomaron fotos de los restos dispersos de Somoza García fuera de la cripta y en medio de la basura del lugar.

Con estas presunciones, el periodista Roberto Sánchez, investigador histórico, logró establecer contacto con Álvaro Somoza Urcuyo, hijo de Luis Somoza, quien se encargó de realizar las pruebas de ADN en un laboratorio de Estados Unidos, que confirmaron la autenticidad de los restos que encargados del cementerio presentaron como los del ex dictador.

Los sepultureros del camposanto testimoniaron que con mucha discreción, habían recibido por algún tiempo una paga de la familia Somoza Urcuyo para guardar los restos dispersos en un sitio oculto y mantener la limpieza en el panteón familiar.

Aunque la verdad es que siempre estuvieron allí, como otras tantas veces, las mentiras de la leyenda fueron más creíbles para la gente que la verdad de los hechos. Menos suerte tuvo la búsqueda de los restos del guerrillero argentino Alfredo Hugo Irurzun, integrante del destacamento del ERP encabezado por Enrique Gorriarán Merlo que en el año 1980 ajustició a Somoza Debayle de un disparo de Bazooka en las calles de Asunción.

Buscados por la justicia en un cementerio de la capital paraguaya, a fin de ser entregados a sus familiares en octubre de 2008, los restos no aparecieron. Irurzun fue torturado hasta la muerte en las dependencias de la policía política de Stroessner.

Los torturadores hoy están libres y son Obdulio Aguello, Higinio romero, Obdulio Fernández, Luis Mariano Fernández, Alicio Vega, Juan Angel Belotto, Felipe Neri Duarte, Juan Ramón Zárate y Alberto Cantero. “La justicia no tiene voluntad porque hemos presentado pruebas en contra de estos torturadores pero sigue vigente la impunidad en Paraguay”, dice el responsable del hallazgo de los archivos del Terror, Martín Almada, refiriéndose al hecho.

Si no se investigan a los torturadores y asesinos de inocentes, menos se investigará a quienes mataron a un guerrillero, obviamente. Una perla gallega de humor negro era el chiste que circulaba sobre el almirante Luís Carrero Blanco, cuyo automóvil voló por una explosión de ETA en la esquina de Coello y Maldonado, en Madrid, el 20 de septiembre de 1973, cuando volvía de escuchar misa en la iglesia de San Francisco Borja.

Los etarras habían comprado un semisótano en el número 104 de la calle Claudio Coello y a partir de allí hicieron un túnel hasta el centro de la calzada donde pusieron cerca de 100 kilogramos de goma-2, que hicieron explosionar al paso del coche de Carrero Blanco, que voló hasta la altura de la cornisa del sexto piso de un edificio jesuita.

Como Carrero era un devoto adepto del Opus Dei, una humorada macabra que circuló entonces afirmaba que era el primero de tal culto en ascender a los cielos en cuerpo y alma. Otro que sufrió suerte parecida, aunque más que ascender fue descendido a los infiernos, fue Anastasio Somoza Debayle.

El 17 de setiembre de 1980, a las diez de la mañana, un destacamento dirigido por el guerrillero argentino Enrique Gorriarán Merlo abrió fuego con metralletas y bazookas contra el vehículo Mercedes Benz en que viajaban el general Somoza Debayle, su asesor económico, el ítalo norteamericano Joe Baittiner y el chofer, César Gallardo, y que circulaba por la avenida paraguaya llamada Generalísimo Franco, caudillo de España por la gracia de Dios.

El doctor Joel Filártiga llamó un acto de justicia a la ejecución, y utilizó los hierros retorcidos del automóvil, para erigir una escultura en los jardines de su residencia. Cuenta el artista plástico que los restos del Mercedes Benz habían recibido cristiana sepultura en una quinta del general Brítez Borges, luego ocupada por desheredados al derrumbarse el régimen militar de Stroessner.

Los carenciados descubrieron los despojos y lo canjearon con Filártiga a cambio de medicamentos, pero lo más difícil fue introducirlos a su destino final.

“Tuve que pelearme con mi esposa para meter los hierros en mi patio y realizar la escultura”, asegura Filártiga, quien también relata que permanecieron por tres días en la calle.

El automóvil estava literalmente impregnado con los restos del ex dictador, por lo que buena parte de lo que fue Somoza había sido enterrado con él.

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