Arcosanti: Una ciudad experimento

PHOENIX, AZ. (ConCiencia) – A 65 millas de Phoenix, la quinta metrópoli más grande de la nación, se fundó una ciudad pequeña donde no existen calles ni son necesarios los automóviles. Se trata de Arcosanti, un experimento urbano enclavado en la mitad del desierto de Arizona.

Lejos del bullicio de la autopista, hay una ciudad perdida. Los arcos y cúpulas de Arcosanti parecen recortados de un libro de ciencia-ficción. La ciudad construida al borde de una ladera de piedras de basalto, crece desde la tierra. El verde de olivos, durazneros y pinos interrumpe sus construcciones, a manera de un oasis en medio del desierto. 

Cuatro décadas antes de que se hablara popularmente del ahorro energético, la preservación ambiental y el aprovechamiento de recursos naturales, esta ciudad-experimento ya los estaba poniendo en práctica. 

Arcosanti comenzó a construirse en 1970 como un prototipo de ciudad para albergar a más de 5 mil habitantes basado en la arcología. El concepto, que nace de la fusión de la arquitectura y ecología, fue creado por el arquitecto italiano Paolo Soleri. 

La arcología es una ciudad compacta y multidimensional que se antepone al derrame urbano de las grandes ciudades en donde se destruyen espacios naturales y la vida diaria se desarrolla detrás del volante. 

Arcosanti, en palabras de Soleri, es una ciudad concebida “a escala del ser humano” donde se puede llegar caminando a todas partes y que, gracias a la proximidad, sus residentes son partícipes diarios de la comunidad. 

El arquitecto inició la construcción de esta ciudad como un laboratorio en donde experimentar con una alternativa de vida diferente a la que ofrece la ciudad moderna. Un sitio en el que se le diera prioridad a la construcción en armonía con la naturaleza, y a la educación y las artes como antídoto para el consumismo. Pero hasta la fecha solo se ha completado menos de un cinco por ciento del diseño original. 

“Este es un experimento constante; el diseño de Arcosanti ha cambiado con el paso de los años”, explicó Erin Jeffries, vocera de la Fundación Cosanti, organización fundada por Soleri que administra este proyecto. 

En Arcosanti no se desperdicia el espacio. El complejo urbano en donde hoy habitan y trabajan cerca de cien personas cuenta con un anfiteatro, una casa de fundición y un centro de música. Las unidades habitacionales de sus residentes se expanden a lo alto y ancho de la ciudad a pasos del anfiteatro, o en la planta baja del comedor social. Las 13 edificaciones que componen la ciudad están conectadas por caminos y escalinatas que dan profundidad a su estructura. 

En esta ciudad no existe el aire acondicionado ni la calefacción. En el verano, cuando las temperaturas del desierto superan los 110 grados Fahrenheit -que equivalen a 43 centígrados- circula una brisa refrescante gracias a ventiladores y gigantescos ventanales. 

Los arcos o bóvedas abiertas que caracterizan las edificaciones siguen el modelo arquitectónico del ábside, una forma geométrica semicircular que permite hacer el mejor uso de la energía solar. En el verano éstos proveen sombra y en el invierno permiten que los rayos solares iluminen y calienten las superficies, explica Jeffries. 

Los “arcosantinos” utilizan paneles solares para suplantar en parte la energía eléctrica, recogen agua de la lluvia en alcantarillados para la agricultura, reciclan y procesan los desechos alimenticios. También tienen una huerta en la que cultivan parte de los vegetales y frutas que se consumen y venden en la ciudad. 

Arcosanti se mantiene económicamente mediante la venta de campanas de cobre, creadas en su propia casa de fundición y diseñadas por Soleri. A sus 89 años, el arquitecto nacido en Turín, Italia, continúa siendo la mente impulsora detrás del proyecto.

En perpetua construcción

Desde que comenzó a edificarse, Arcosanti es y sigue siendo una ciudad en perpetua construcción. Sus muros, bóvedas, escalinatas y anfiteatros ha

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