Terapia de amor a niños con Sida en Colombia

Por Edelmiro Franco.

Bogotá.- Gladys Peña hurgó entre sus recuerdos más tristes y ahí encontró el día en que murió Jeyson, un menor que nació con el virus de inmunodeficiencia humana (VIH) transferido por su madre, en lo que se conoce como Sida perinatal.

“Antes de morir me pidió que lo cargara. Su voz se fue apagando mientras me decía: Mamá Gladys, mamita”, recordó.

“Era un niño muy consentido en el hogar, era muy alegre, pero en ese momento no existían las combinaciones de medicamentos que tenemos ahora”, narró Gladys, a quien se le impregnó en el alma esa imagen.

Pero el dolor de la muerte de Jeyson en sus brazos, hace ocho años, se prolongó por 12 meses, porque el padre del niño la acusó de ser la responsable de su muerte y la Fiscalía ordenó su arresto bajo el régimen de detención domiciliaria.

Después de un año de permanecer detenida, las autoridades verificaron que Gladys no fue responsable de la muerte del niño, por lo cual le levantaron la medida.

La Casa Verónica es uno de los espacios de acogida y atención a cargo de la Fundación Eudes, entidad sin fines de lucro dirigida en Colombia por el sacerdote católico Bernardo Vergara, cuya especialidad es atender a la población que padece el VIH/Sida.

Gladys, quien hace 16 años trabaja con la Fundación Eudes, es la coordinadora de la Casa-Hogar Verónica, un espacio sencillo y limpio, donde el amor desborda por cada uno de sus rincones.

“íMamá Gladys, mamá Gladys!”, es el grito que más se escucha por los rincones de la Casa Verónica, un hogar para niños y niñas con VIH/Sida, que entrega una terapia de amor a decenas de menores víctimas de ese flagelo en Colombia.

Para unos 20 niños portadores del virus de la inmunodeficiencia humana, algunos de los cuales ya han desarrollado el Sida, los cuidados y mimos de Gladys representan la mejor terapia para hacer frente a su enfermedad.

“Mamá Gladys”, como la llaman sus “hijos”, se convirtió en una madre para este grupo de niños, que por fortuna pudieron ingresar a este hogar ubicado al occidente de Bogotá, donde están a salvo de la discriminación y reciben todo el afecto que necesitan para vivir.

El trabajo de Gladys está lleno de afecto y cuidados para los niños y niñas que pululan todo el día por las diversas dependencias del hogar, ya sea en el antejardín, en el salón de apoyo de tareas o en la sala de televisión, ubicadas en el primer piso de la casa.

En la segunda planta se ubican los cuartos dormitorios, que lucen impecablemente limpios y llenos de colores, merced a los esfuerzos de Gladys y su grupo de voluntarias, que se desviven por brindar una vida digna a los menores contagiados.

Al fondo de la segunda planta se encuentra un pequeño centro de atención médica de urgencia, denominado “espacio paliativo”, donde Notimex encontró a un pequeño de seis años, de mirada alegre y picaresca, quien juega con algunos muñecos.

Alegre, el niño parece mantenerse ajeno a la gravedad de su estado de salud y sólo disfruta de su juego, que interrumpe cada cierto tiempo para echar una mirada a la televisión de la sala.

“El niño ha hecho reacción a todos los medicamentos. Es muy consentido en el hogar, pero está muy mal, muy mal; pero le daremos todo el amor del mundo para que sea feliz”, explicó Gladys, a quien le resulta imposible ocultar su tristeza en su mirada y en su voz.

En estos 16 años de trabajo, “Mamá Gladys” ha padecido el inefable sufrimiento de ver morir en sus brazos a ocho niños enfermos de Sida, y siempre que ve partir a uno, su tristeza se incrementa, pues tiene conciencia que lamentablemente vendrán otras despedidas.

“Mamita Gladys”, grita un niño en un rincón, rompiendo el ensimismamiento de la mujer, que con una sonrisa responde a los requerimientos de sus “hijos”, a todos los cuales regala presurosa una caricia en la cabeza o un beso en la mejilla.

Por ese amor que otorga y recibe a diario de parte de sus niños es que Gladys llora cuando uno de sus pequeños se despide para siempre de la Casa Verónica, que p

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