Al Embajador Robert Fannin:

Tuve a bien leer en la prensa nacional el intercambio epistolar entre la Embajada de Estados Unidos y la Suprema Corte de Justicia de República Dominicana en torno a la rechazada solicitud de extradición que hicieran ustedes de un ciudadano dominicano. Como su hoja de vida indica, esta es su primera experiencia diplomática.

Por ello le concedo el beneficio de la duda y asumo que pudo haber sido sorprendido en su buena fe al firmar el documento enviado a la Suprema. Ese texto será, para siempre, un ejemplo de mal gusto y de poco respeto hacia el país anfitrión, aparentemente influido por la soberbia de los neo-conservadores republicanos. No es lo mismo recaudar fondos para la campaña reeleccionista del presidente George W. Bush que manejar relaciones fraternales con un país supuestamente soberano.

No obstante, señor Embajador, déjeme darle un sano consejo para que su estadía en nuestro país sea agradable. Usted tiene poco tiempo de haber llegado a nuestro país y es muy probable que no conozca la historia dominicana ni al pueblo que la ha generado.

Debo advertirle que la mayoría de nosotros en nada nos parecemos a los que, disfrazados de caricatura de vaqueros, fueron a los jardines de su residencia a celebrar el 4 de julio. Es muy probable que muchos de los asistentes nunca hayan celebrado el 12 de julio ni colocado la bandera nacional a media asta los 28 de abril. Muchos dominicanos sí lo hacemos.

Señor Fannin: deseamos que su permanencia sea grata. Pero no se deje llevar de las opiniones de los payasos que consideran una visa para ingresar a territorio estadounidense como imprescindible símbolo de “status”.

El dominicano verdadero en nada se parece al candidato presidencial que agradeció a la virgen de la Alta Gracia que “la migra” le restituyera la visa luego de que le fuera cancelada por actividades todavía no esclarecidas judicialmente.

Por diversas y diferentes razones, la mayoría de los dominicanos no tenemos esa visa. Aún así, gozamos de buena salud mental y física, así como disfrutamos de respeto nacional por un comportamiento digno, no por tener un “green card”.

Lo que trato de decirle señor Embajador es que los representantes de los gobiernos estadounidenses deben ser cuidadosos a la hora de tratar de inmiscuirse en los asuntos internos dominicanos dado el historial de agresiones que de ustedes hemos recibido. A lo mejor no se ha enterado todavía que República Dominicana es el único país del mundo invadido militarmente por Estados Unidos tres veces en el siglo veinte.

Sí señor, no leyó mal, tres veces: en 1904, 1916 y 1965. Más aún, no contentos con anular el Estado dominicano y provocar millares de víctimas entre los patriotas, en cada una de esas ocasiones sus tropas nos dejaron como herencia una tiranía, una dictadura, un gobierno de fuerza; llámele como quiera.

El tirano Trujillo y el déspota Balaguer son apenas dos ejemplos de esas herencias. Además, los “marines” convirtieron a las fuerzas armadas dominicanas en tropa de ocupación para que hicieran de todo menos defender la soberanía nacional. De esa forma, el dominio estadounidense sería permanente, tal como hasta ahora ha ocurrido.

Debo también decirle, que esos jueces miembros de la Corte Penal de la Suprema Corte de Justicia merecen ser respetados. Ellos sí son profesionales de la posición que desempeñan. Sus historiales de vida son de dignidad, no de politiquería, y se han ganado la admiración de nacionales y extranjeros.

Asimismo, espero que por esa digna actitud los Magistrados no vayan a ser incluidos en alguna lista de terroristas. Aunque esto no me sorprendería ya que Nelson Mandela, Nobel de la Paz y símbolo de la dignidad universal, estuvo sindicado como terrorista peligroso para los intereses de Estados Unidos hasta hace unos días.

Créame, no exagero con mi preocupación. Esto lo digo por la falta de consistencia de lo que ustedes llaman “Homeland Security”, institución que protege y financia las actividades de terroristas confesos y torturadores profesionales a

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