Adiós, pájaro picón, picón

El clima político que mi país vivía esa mañana de verano era difícil, ese año había dado inicio oficialmente la guerra civil con la ofensiva general que las fuerzas revolucionarias lanzaron en enero, con el fin de derrotar al gobierno en turno.

La realidad diaria que vivía la ciudadanía era de incertidumbre y miedo; mas esa mañana de domingo brillante, aun fresca y soleada de octubre, abordé con mi padre y unos amigos un bus de la nueva flotilla de la recién iniciada ruta 7-B que nos llevó rumbo al coloso de Montserrat.

A mis once años ese era el primero de incontables viajes al estadio Cuscatlán, el cual es nuestro monumento nacional al fútbol.

En unos minutos el destino me llevaría a ese lugar que existe en todas las naciones del mundo y que provoca tantas pasiones de patriotismo.

Ese día conocería los rituales que transforman a todo niño en aficionado, ritos tan sagrados en el fútbol latinoamericano, como son los de la misa o el culto.

Conforme el bus avanzaba en su recorrido, mas personas como nosotros, abordaban apurados, para ir a presenciar el partido de eliminatoria mundialista que se jugaría esa tarde.

Cuando llegamos al centro de la ciudad industrial de Soyapango, el bus estaba lleno, el ambiente de entusiasmo era altísimo, las conversaciones de fútbol dejaron de ser susurros.

Por primera vez escuchaba los análisis de todos esos expertos en fútbol al mencionar los nombres de Mon Martínez, Pipo Rodríguez, Francisco Barraza, entre otros, quienes habían sido los héroes de la clasificación al mundial de México’70.

Para ese tiempo, los futbolistas que conocía eran Mario Kempes, a quien en nuestra televisión blanco y negro lo vi ganar el mundial de Argentina’78, y por supuesto al rey Pelé.

Las conversaciones de repente se tornaron en críticas y esperanzas, dirigidos hacia la bruja González, el pájaro Huezo y el pelé Zapata, quienes eran los mejores jugadores del equipo nacional.

En ese ritual alegre y casi irreal, lleno de risas, lenguaje obsceno a veces pero amigable, calentura patriótica y radios de bolsillo encendidos, una canción sobresalió.

Entre todo ese bullicio tenuemente el ritmo rápido con ecos secos y profundos de los combos, acompañados del sonido jocoso de las maracas y la intensidad delirante de las trompetas y trombones, repetía incansable en su coro de voces pachangonas con acento pueblerino ¡Arriba con la selección!, ¡Arriba con la afición!,

Se trataba del segundo himno nacional, —perdón por el carbonero — “El pájaro picón, picón”, himno de la selección nacional de fútbol, compuesta por el ahora inmortal maestro e hijo meritísimo de la República de El Salvador, Rafael “Lito” Barrientos.

Ese son musical erizaría mi pequeño cuerpo, cuando finalmente llegamos al monumental estadio, y en el camino hacia los graderíos para ingresar, la música tenue del pequeño radio que llevaba, se repetiría estridente por los inmensos parlantes que emitían una tremenda energía con esa canción, para obligarnos, con mucho gusto, a apoyar a nuestro equipo.

Mientras unos hacían fila para comprar los muy asediados boletos, otros colmábamos los puestos de venta para comprar el deseado plato de carne asada y chorizos, al que, más de alguno se refería como “carne de chucho”, —debido a que, aparentemente, las autoridades policiales encarcelaron a alguien por vender carne de perros callejeros.

Cierto o no, pero esa historia es una leyenda urbana en muchos estadios latinoamericanos.

Por fin entramos y buscamos la mejor posición disponible en el sector de sombra, era antes del mediodía, y mientras estábamos en la espera, digeríamos la tal carne de chucho hasta chuparnos los dedos.

También escuchábamos todo tipo de historias de los grandes del fútbol; quien tenía mas conocimiento, era Don Enrique “Quique” Chávez.

Él era un supervisor de imprenta, quien sin haber salido nunca de El Salvador a ver un partido, después de haberse tomado varias cervezas, contaba con una tremenda inspiración la historia de heroísmo del s

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