El arte de eligir vicepresidencia

A McCain se le reprocha que sea rico y a Obama que sea negro. Corregir estas cosas le será más fácil al primero que al segundo.

Al primero le basta con que reparta sus millones entre los pobres, en Harlem o Virginia occidental por ejemplo.

Más difícil lo tiene el segundo, que no puede desprenderse de su epidermis como un reptil mutante. Quizá por eso ha elegido al curtido senador Biden como compañero de viaje en la conquista de la presidencia de EE.UU.

No sabremos si ha acertado hasta después de las elecciones, pero sabemos ya que Barack ha desoído el consejo de Napoleón; que lo primero que les exigía a sus colaboradores más íntimos es que hubieran acreditado que eran hombres de suerte además de tener una gran trayectoria política.

No ha sido una persona de buena estrella el veterano Biden. Su mujer y uno de sus tres hijos murieron en accidente de automóvil y él fue rechazado dos veces como candidato a la presidencia de Estados Unidos.

El gran aporte a Obama quizás sea su interminable conocimiento del manual de instrucciones no escrito que existe en Washington para políticos con hambre de poder. Escoger a los colaboradores es muy difícil y por eso algunos políticos se han visto obligados a hacerlo entre sus enemigos.

El sistema americano ofrece la ventaja de tenerles cerca para poder vigilar todos sus movimientos. Rodearse de adversarios puede ser arriesgado, pero puede evitar la traición acaso también el favoritismo.

La táctica que depara mayores éxitos es atraerse a quienes militan o pueden militar en las filas contrarias. No es el caso del veterano senador propuesto, cuya incorporación está encaminada a reclutar a los votantes de Hillary Clinton, que se han visto un tanto chafados con el resultado de las primarias. En nuestro pulgarcito [El Salvador] las cosas andan más lentamente.

Ahí el candidato por ARENA, Rodrigo Ávila, ha dicho que la selección del vicepresidente hay que tomársela con más tranquilidad que precipitación, lo que en clave política significa que las tiene canutas a la hora de elegir su compañero de viaje, un viaje que según las últimas encuestas de Cid Gallup, lleva cuesta arriba.

Las encuestas no son más que aire caliente del momento, pero preocupan a muchos. El gran problema de Ávila es equilibrar la complejidad de condiciones y requisitos que se requieren del candidato a vicepresidente:

1) Que dé una bocanada fuerte de aire fresco a la campaña; 2) Que sea fiel al partido y que tenga una trayectoria de peso en lo social; 3) Que tenga un “punch” mediático noqueador capaz de tumbar a Funes; 4) Que no tenga luz propia o brille demasiado porque eso podría eclipsar al propio Ávila; 5) Por último, que una, no que divida a los de su partido.

En mi humilde juicio para encontrar a un mortal con esas características tan singulares habría que mandarlo hacer por encargo y de momento son los ingleses los únicos adelantados que se atreven a comercializar con ADN para embarazos de niños de cabellos rubios, tez clara y ojos azules.

También los hay morenos de cuerpos robustos, la experiencia y el conocimiento. Esas van por cuenta del cliente.

La verdad es que la selección de vicepresidente se está convirtiendo en asunto de Estado en nuestro país. Los medios nacionales no hacen más que hablar de este tema como si fuera todo un fenómeno cuando en realidad la figura del vicepresidente nunca fue nada del otro mundo. Fue sencillamente un segundón a las órdenes del presidente.

No se sabe a qué viene tanto barullo con esto del vicepresidente. Tal vez ahora se esté pensando en el vicepresidente “superman” que nos salve de la catástrofe económica, lo que no deja de ser una gran paradoja en un sistema altamente presidencialista como el que hemos vivido estos últimos 100 años, especialmente las dos décadas anteriores.

Volviendo a EE.UU. la lucha electoral, donde tenemos a casi 3 millones de compatriotas, entra en su fase más decisiva y sustituye oportunamente a la Olimpíada más espectacular que ha visto la humanidad.

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