Arqueólogo venezolano y ex cocinero japonés, enamorados del tango porteño

BUENOS AIRES (AFP) – Un arqueólogo venezolano, un ex cocinero japonés que ganó el campeonato de Tango en Asia y un ex barman brasileño son algunos de los participantes del sexto Mundial de Baile de Tango de Buenos Aires, en el que compiten 400 parejas de 23 países, 90 de ellas extranjeras.

Tomoko Nakai dejó hace más de una década la cocina de un restaurante en su Tokio natal, para meterse de cabeza en la danza del 2×4, y acaba de consagrarse junto a Eiichiro Oya, como la pareja ganadora del torneo de tango asiático en la variedad Escenario, lo que les abrió la puerta al Mundial de Buenos Aires.

“Vi un espectáculo de tango a inicios de los 90 en Tokio y me emocionó tanto la danza que decidí dedicarle mi vida. Después dejé mi trabajo de cocinero”, cuenta Nakai, de 35 años, en un castellano que no ahorra palabras del lenguaje arrabalero, que aprendió en los cuatro años que vivió en Argentina.

“Milonga”, “mina” (mujer), “gamba” (pierna) suelta Nakai, en una pausa de la rondas eliminatorias que se realizan en el club Obras Sanitarias de Buenos Aires, donde se presentó junto a Oya, 38, una ex empleada de un hotel turístico en Osaka, que actualmente dirige junto a Tomoko la ‘Escuela de Tango’ de Tokio.

Los bailarines japoneses probaron suerte en Tango Escenario, que premia las acrobacias y firuletes que dibujan las parejas en la pista, y en Tango Salón, donde se baila de forma tradicional, las dos categorías en disputa en el Mundial, que concluye el próximo lunes.

Eduardo Herrera, de 29 años, abandonó por algunas semanas la maestría en arqueología que cursa en San Antonio Los Altos, en las afueras de Caracas, para subirse a las pistas de tango, la danza que aprendió de niño con su madre, una inmigrante italiana que pasó parte de su vida en tierras porteñas.

“Yo nací aquí, pero me llevaron de chiquito a Venezuela y ahora me debato entre mi amor por la antropología y la arqueología, y la pasión de mi madre, aunque cuando conocí a Sahirine cedí al tango”, relata con gracia caribeña junto a una carpa blanca que sirve como camarín y pista de ensayo.

Alrededor de Herrera y su novia Sahirine Martínez (25), una esbelta bailarina de danza contemporánea y socióloga, que repite “dejé todo por el tango”, decenas de parejas de edades variadas dibujan pasos en silencio, mientras dos bailarines se disputan un frasco de gomina en busca de dominar sus cabelleras rebeldes.

Fabio, un ex barman oriundo de Sao Paulo de 36 años, asegura que la rivalidad que enfrenta a brasileños y argentinos en el fútbol no le impidió enamorarse del tango, pasión que vino de la mano de Sidley (24), su novia desde hace dos años, con quien da clases de danza en la academia “Tango Baires”.

“Para bailar tango hay que sentirlo en el alma”, declama Fabio, apasionado por las letras y la historia del ritmo que nació en el Río de la Plata, y al que conoció casi por casualidad mientras servía tragos en una casa de bailes de salón en Sao Paulo.

Vivien Bartulovic llegó a Buenos Aires hace un año junto a su marido y profesor de tango Josip y su hijo Marko, quien no supera el metro de estatura, cumpliendo el sueño de aprender el tango que cuando era niña veía bailar en viejas películas por televisión junto a su abuela, en su natal Budapest.

“Me casé y nos instalamos en el barrio de Monserrat. En casa practicamos seis horas por día porque queremos vivir del tango”, cuenta en un maltratado español Vivien, 25 años, quien asegura conocer todas las milongas de Buenos Aires, donde dice sentirse como en casa.

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