¿Quién lleva la batuta en el Cáucaso?

Por Christian Weitzel

¿Quién influye en las ex repúblicas soviéticas? ¿Rusia, Estados Unidos, Europa o China? ¿Cómo están quedando distribuidos los recursos de petróleo y gas? ¿Cómo se debe tratar a los pueblos del área que quieren formar un Estado propio?

En el Cáucaso se vuelven más densas las grandes interrogantes de las relaciones internacionales.

El desencadenante de la confrontación militar entre Georgia y Rusia se mantiene en la oscuridad. Las dos partes se reprochan el haber sido atacadas. De la misma manera se lanzan acusaciones para justificar su proceder: la población civil era el blanco de los ataques, se estaban llevando a cabo deportaciones y limpieza étnica y era necesario defender a los propios ciudadanos.

La situación que guarda la información es turbia, opaca. Rusia y Georgia están actuando con una intencionada política de desinformación dirigida a la opinión pública.

Es significativo que el centro de la propaganda sea la capital política europea de Bruselas: las empresas europeas de asesoría empresarial, Gplus y Aspect, son las encargadas de llevar a cabo el trabajo de informar a la opinión pública, pagadas respectivamente por Rusia y Georgia.

El trasfondo de la guerra es bien conocido, no importa qué país fuera el que abrió el fuego la noche del 7 al 8 agosto.

Para Rusia, lo principal es sobre todo la influencia que ejerce a nivel regional y global, su soberanía estatal y la energía. Poder e influencia en la zona de la Comunidad de Estados Independientes.

Tras el fin de la Unión Soviética, entre los miembros de la Comunidad de Estados Independientes quedaron territorios que compiten entre si por su integridad. Surgió una carrera a contrarreloj por lograr influencia en los importantes Estados al Sur de Rusia, ricos en materias primas y en importancia geopolítica.

En el Sur del Cáucaso, además de Rusia y Estados Unidos, también tratan de adquirir influencia la Unión Europea, Turquía e Irán. Pero Rusia considera como una afrenta el proceder de la Organización del Tratado del Atlántico Norte.

La OTAN prometió a principios de abril a Georgia y a Ucrania que en un tiempo más serían aceptadas en esa alianza defensiva militar. Al mismo tiempo, la OTAN decidió aceptar el emplazamiento de bases del sistema antimisiles estadunidense en territorios de Polonia y la República Checa.

Rusia entiende este comportamiento como un cerco por parte de Estados Unidos, que está apoyado o por lo menos aprobado por los europeos.

A través de la guerra en Osetia del Sur, Rusia ha subrayado su reclamo de influencia en el espacio de la Comunidad de Estados Independientes y ha mostrado asimismo la voluntad y la fuerza de imponer ese reclamo –ya sea en contra de Estados Unidos, y en caso necesario, con la fuerza militar-.

Con ello se ha agudizado el tono que usan en la política exterior. Polonia aceptó en menos que canta un gallo el controvertido emplazamiento del sistema de defensa estadunidense; Georgia anunció su salida de la Comunidad de Estados Independientes; Europa y Estados Unidos amenazan con sanciones. En todas las partes involucradas toman la palabra los sectores de línea dura.

Desde principios de los años 90, Rusia camina por una delgada línea en su trato con Abjazia y con Osetia del Sur. Recibió apoyo en su resistencia en contra de que Georgia adquiriera el poder central en esos territorios, pero quedó claro que no se iban a reconocer nuevos Estados independientes.

Había mucho temor (en Moscú) de que se produjera un auge secesionista en las regiones del Estado multiétnico ruso y todavía está muy cerca el caso de la región caucásica en crisis de Chechenia.

En vez de eso, a Rusia le convenía mantener hirviendo a fuego lento el conflicto de Abjazia y Osetia del Sur, para que de esa forma continuara la instabilidad en Georgia. Un país inestable no es bueno como candidato para la OTAN ni para formar parte de la Unión Europea.

El reconocimiento

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