El coloso se tambalea en su propio sistema

No hace falta tener dinero para saber que el capitalismo tiene sus fallos, del mismo modo que no es imprescindible ser una gallina para darse cuenta de que un huevo está podrido.

Corregir los pésimos modales del llamado “capitalismo salvaje” va a costar una salvajada.

Por si acaso y como queriéndose distanciar de las últimas barbaridades del libre mercado, nuestro presidente Elías Antonio Saca se ha apresurado a soltar, desde el podio de Naciones Unidas, dos bellas palabras, que seguramente se pondrán pronto de moda en la campaña electoral: “capitalismo prudente”.

Que no se crea nadie que la crisis de Wall Street va a cambiar el orden financiero mundial: lo perpetuarán los supervivientes.

El dinero, según Fidel Castro, ‘estiércol del Diablo’, no es que forme parte de nuestras vidas, sino que es nuestra vida entera, al menos hasta que dejemos de existir y pasemos a la indiferencia, mientras llega el Gran Juicio, del que se espera ponga a cada cual en su lugar de una vez por todas de acuerdo a lo obrado en esta tierra maravillosa habitada, en su mayoría, por gente humilde y por unos pocos hábiles tiburones que se lo han devorado todo, dejando un pedazo de agujero negro en las finanzas y confianzas internacionales que tendrá efectos intergeneracionales.

Del dinero, no quiero decir que no podamos arreglarnos con menos. Lo que quiero decir es que nadie puede arreglárselas con nada.

Marx creía que las contradicciones del capitalismo acabarían con el sistema, pero, en cuanto a contradicciones, al ultraliberal Bush no le gana nadie, ni siquiera su padre.

Es que “íbamos al desastre total”, ha dicho el tejano, instantes después de pedirle al Congreso que acepte la mayor intervención estatal en la historia de la humanidad, a cargo del mortal, Henry M. Paulson, el hombre que custodia los tesoros de los Estados Unidos.

El plan de rescate de Wall Street que planea Bush costará cerca de $700,000 millones a los contribuyentes más los otros $800,000 millones —precalentamiento previo— en parte, ya utilizados en el rescate de unas cuantas naves gruesas a la deriva en Wall Street: Bearn Stearn, Fannie Mae, Freddie Mac, AIG, etc.

Parece que estuviéramos hablando de cualquier serie de dibujos animados de Walt Disney, pero, en realidad, esas marcas son las que cortan el bacalao de las finanzas del coloso americano, cuyos ejecutivos son quienes nos han metido en todo este descalabro, que según los medios y el propio Bush, puede ser apocalíptico.

“Public Cash for Private Trash” titulaba un columnista del New York Times, indignado con la penosa administración de W. Bush, que no le llega ni a la altura de las uñas de los pies a la administración de aquel autor de películas de cowboys.

El legado económico de la era Ronald Reagan (QEPD) se añora con mucha congoja estos últimos meses en el bando republicano; y es que Bush no levante cabeza, nadie de los que se presenta a elecciones quiere que se le asocie con él, ni siquiera los de su propio partido.

Después de negar la realidad insistentemente estos últimos 8 años, casos Enron y WorldCom por ejemplo, la administración Bush ahora si está convencida de que el “desastre” puede ser “inminente” y advierte de que, si el Congreso no les da vía libre y “control total”, sin contrapesos, para la implementación del “Big Plan”, el cielo caerá encima de nuestras cabezas y aplastará hasta las cucarachas que nada tienen que ver con en este asunto creado particularmente por los grandes señores del libre mercado y sus deseos de aumentar las ganancias hasta el infinito.

Y ésta es la gente que nos “asesoraba para no intervenir desde el estado en nuestras economías” se pregunta un incrédulo Lula da Silva. Ahora “sus castillos se caen como naipes” razonan los Kirchners de Argentina, como con más alegría.

Por su parte, Su Excelencia Hugo Chávez, dice que quien tenía toda la razón era él, pues hace rato que empezó a nacionalizar las cosas, bancos, aseguradoras y hasta mataderos en los barrios pobres de Venezuela.

Chávez debe p

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