Embelesó Ramón Vargas al público del FIC

* El tenor ofreció un concierto a la altura del MET de Nueva York

Por Juan Carlos Castellanos C., Enviado

Guanajuato, 10 Oct (Notimex).- Un paseo por todas las estaciones
anímicas conocidas hasta hoy por la mente humana resultó el concierto
ofrecido por el tenor mexicano Ramón Vargas, la víspera, en el Teatro
Juárez, como su única presentación dentro del 36 Festival
Internacional Cervantino (FIC).

Del dramatismo de los temas de Johannes Brahms, a la dulce
picardía de Xavier Montsalvadge y de las pasiones imposibles de
Sergei Rachmaninov a la ternura amorosa de Manuel M. Ponce, el
repertorio del concierto tuvo como hilo conductor el amor en todas
sus formas de dar, recibir e ignorar.

“Vamos a tratar de hacer una velada rica, bonita”, dijo el tenor
nacido en la capital del país al aparecer en el escenario, acompañado
por la pianista georgiana Mzia Bakhtouridze, apenas pasadas las 21:00
horas. Después de 120 minutos, la meta cumplida dejó al público
subyugado.

A pesar de que los críticos acuciosos y el público perspicaz
advirtió una leve molestia en la garganta del cantante durante la
parte inicial del recital, al cabo de los minutos, esa impresión
desapareció para dar paso a un caudal de emociones cuyo vaivén
mantuvo atento y conmovido a cada asistente.

Desde el principio supo que el escenario era todo suyo.
Guanajuatenses, mexicanos de otras entidades del país y no pocos
extranjeros que acuden al FIC lo recibieron con una ovación que,
evidentemente, conmovieron de la misma manera al tenor y a la
pianista, mancuerna artística de altos vuelos.

“Voy a cantar cuatro canciones cortas que deben ser
interpretadas una tras otra. Por favor no aplaudan al término de cada
una de ellas. Mejor, al final, si lo merezco, aplaudan todos juntos”,
pidió el cantante, quien obsequió al FIC el mismo concierto que
ofreció en el MET de Nueva York.

Las canciones tristes y melancólicas se sucedieron poco a poco.
El portento de voz que Natura prodigó a Vargas retumbó en el
centenario Teatro Juárez, que si bien no estuvo ocupado en su aforo
total y lució balcones completos deshabitados, sí contó con un
público conocedor que degustó cada obra.

El rigor de la ópera, la estética del fraseo y la estampa del
tenor llenaron el escenario, en medio de canciones arrancadas a la
lírica más exquisita, para hablar del amor terminado, de la amada
distante, de la vida sin sentido si se carece del calor de la pareja,
y de la muerte, cuando ya no sabe tan amarga.

Sigue
Embelesó. dos. amarga.

Las candilejas del Juárez iluminaban apenas el rostro de la
gente del pueblo y de los diplomáticos que asistieron, de los
estudiantes y los funcionarios gubernamentales y de los periodistas
quienes comulgaron en aras de la ópera durante casi dos horas gracias
a la voz del tenor mundial.

“Negrito cabeza de coco/ grano de café_” (“Canción de cuna para
dormir a un negrito”) catapultó a Ramón Vargas a la cresta del gusto
general. Había prometido 100 minutos de concierto y, conforme al
programa, el lapso de cumplió cabalmente, pero el público hambriento,
quería más.

Terminado el concierto y satisfecho el cantante, sólo faltaba un
ingrediente para que la noche fuera perfecta: que el público
decidiera volver a casa con la misma satisfacción que el tenor. Así
lo notó Ramón Vargas y, de la mano de su pianista, regresó al
escenario para impactar con “La Borrachita”.

Apoteótico. La pareja de artistas se despidió y desapareció del
escenario. El respetable, lejos de satisfacer su hambre de ópera de
factura intachable, en medio de un frenesí alucinante, pidió más y
más con aplausos acompasados y bien coordinados. Nuevamente, cantante
y tecladista, aparecieron felices.

“A la orilla de un palmar” fue la estocada que, en el más
afectuoso de los sentidos mató a la concurrencia. Las ovaciones, los
gritos de felicitación y las palabras de agradecimiento se dejaron
escuchar desde las primeras filas y hasta los elevadísimos pisos
superiores, hasta donde Vargas se es

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