Pidiendo Cuentas

Los dictadores, según un unánime acuerdo entre ellos, sólo responden ante Dios y ante la historia, como si la historia no se escribiera y se borrara en sus sucesivas ediciones y como si Dios no tuviese otra cosa que hacer que preocuparse de los inquilinos de este pequeño y remoto planeta situado en el extrarradio de la creación.

En los países civilizados, los presidentes elegidos por el pueblo, a diferencia de los dictadores, están obligados a dar explicaciones a sus contemporáneos.

En lo referente al dinero, éste fue siempre una pieza altamente codiciada. En momentos de psicosis de carácter financiero-monetario, como los que inundan todas las esquinas de la actualidad, el dinero monopoliza las preocupaciones no sólo de los millonarios, sino también del resto que somos la abrumadora mayoría.

Los periodistas de El Faro, que últimamente vienen actuando como verdaderos auditores del dinero público, andan con las orejas desplegadas según caminan por las calles, con libreta y grabadora en mano, dispuestos y preparados a investigar hasta la factura de la señora de la limpieza en Casa Presidencial, cuya recepcionista, desde hace algún tiempo, no se les ofrece ni agua, ni salporas de arroz, ni ningún otro detalle que pudiera hacerles sentir “mínima-mente” bienvenidos.

La verdad es que es llamativo que un periódico tan chico, operado por un periodista, pequeño pero garrudo, sea el único en todo el país que se tome realmente en serio esto del periodismo como “contrapeso” en la balanza del poder.

Los llamados “gastos a criterio” del gobierno del presidente Elías Antonio Saca van en aumento y nadie sabe realmente a cuánto asciende su factura global.

Se especula que la publicidad del ejecutivo puede estar en los $20 o $30 millones, y la cuenta de los cerca de 50 asesores técnicos que aconsejan al presidente puede suponer otro tanto desorbitado en los libros secretos del ministro de Hacienda.

¿Cómo se pueden pagar los sabios consejos de tanta gente? si, al final, se imponen las decisiones tomadas en sesiones de “petit comité” organizadas por Eduardo Grimaldi, Julio Rank y Herbert Saca.

Como diría el doctor de la lengua, el Sr. David Escobar Galindo, siempre en ese lenguaje tan profundo, y, a veces, tan difícil de descifrar para el salvadoreño de a pata, “forzoso es sospechar que algunos sospechen y haya que elegir entre criterios contradictorios”.

Yendo más al ejemplo mundano, Richard Nixon, aquel extraordinario presidente que impresionó al mundo entero, confesó, en cierta ocasión, que tenía cien asesores y que sabía que uno de ellos tenía siempre la razón, pero que no sabía cuál.

Sería deseable que entre el ejército de mercenarios áulicos hubiera alguien que le aconsejara al Presidente Elías Antonio Saca prescindir de la mitad más uno de sus consejeros presidenciales, por aquello de que “el mercado ya no lo permite”.

Eso supondría un gran ahorro al estado y por extensión a los contribuyentes que, por desgracia, no podemos cuantificar dada la guarda que se reserva el ejecutivo para sí mismo como si el asunto fuera algo privado entre ellos.

Por otro lado, llama la atención que en el apartado de sueldos y gastos “a personal eventual” en la tesorería general del estado –que es donde podría residir el gasto de estos llamados asesores– aparece un gasto global de $427.3 millones durante el año 2007.

La cifra es, como dice con cierta ironía un asesor que conozco, “evidentemente mareante” y nos obliga, en estas épocas de miseria, preguntarse ¿quiénes están cobrando en esa sección del dichoso gasto denominado “gasto de personal eventual”?

Haciendo honor a la costumbre de estos últimos 20 años, esa información se nos es debida y amablemente negada por parte del Ejecutivo, como si pedir cuentas claras al ente público no tuviera nada que ver con nosotros, los contribuyentes.

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