Ex refugiados recuerdan pasado trágico en su pueblo para que no se repita

“Pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla” es el lema de los ex refugiados salvadoreños de la población de Santa Marta en los campamentos de Mesa Grande, Honduras, que ahora viven en el área metropolitana de Washington.

Ese es el lema que tratan de vivir cada día Lucía Ayala, Fredy Torres, Francisco Ramírez y otras personas que sufrieron en carne propia las inclemencias de estar encerrados en un campo de concentración, tras ser obligados por el ejército de su país a un éxodo masivo durante la guerra civil de doce años.

Muchos perdieron la vida al ahogarse en el río Lempa —que divide la frontera de Honduras con El Salvador —, masacrados a tiros o por las bombas de la fuerza aérea, y también víctimas de las enfermedades después de huir por montes y veredas.

“En marzo de 1981 yo todavía estaba en el vientre de mi madre cuando junto a mi padre partieron hacia Mesa Grande. Nací en el campamento La Virtud en septiembre de ese año en una situación precaria y terrible, cuentan mis papás. Yo no llegué a la desnutrición porque Dios es grande, aunque un hermano mayor sí alcanzó ese estado y estuvo a punto de morir”, relató Torres.

Regresó con sus padres a Santa Marta diez meses después que se firmaron los Acuerdos de Paz el 16 de enero de 1992, cuando ya contaba con once años de edad.

Pero en esa población solamente vivió seis años porque a los 17 años decidió emigrar hacia Estados Unidos.

“Dejé mis estudios, mi familia pero gracias a Dios he tenido siempre la voluntad de aportar a la comunidad de Santa Marta y a mi familia, me siento contento y gracias a toda la gente que aporta”, dijo Torres durante una fiesta benéfica que tuvo lugar el fin de semana en la Iglesia Unitarian de Bethesda, Maryland.

Ahora Torres es un hombre de 27 años y reside en Herndon, Virginia, pero sueña con regresar al sitio donde no nació por cosas del destino, pero que “lo lleva en su corazón todos los días de su vida”.

Por su parte Ayala, de 45 años y madre de seis hijos (dos de ellos nacidos en Estados Unidos), recueda exactamente cuándo y cómo la guerra civil llegó a su casa en el cantón Santa Marta en el departameno de Cabañas, El Salvador.

Era mediados de 1981 cuando unidades del ejército, la Guardia Nacional y paramiliatres de ORDEN empezaron a desalojar a la fuerza a los pobladores de ese cantón.

“Al llegar a Mesa Grande no había donde vivir y los hombres empezaron a colocar carpas sostenidas en cuatro palos. Pero después tuvimos escuelas, hospitales, clínicas y maestros de la misma población enseñando a los que no sabían”, dijo.

Así se mantuvo durante siete años: en actividades de teatro, componiendo canciones referente al sufrimiento que pasaron, pero también aprendiendo oficios que pusieron en práctica al regresar a El Salvador.

“Sufrimos mucho, hubo gente que llegó desnuda y murieron inocentes: niños, mujeres y ancianos. Mi tía dio a luz al cruzar el río Lempa al momento que caían bombas. Supestamente el niño nació bien, pero le daban ataques epilépticos y a los siete días el niño falleció”, recordó.

“Pero no todo fue tragedia, ya que tuvimos la oportunidad de conocer gente de otros países que nos ayudaron mucho. Aprendimos hojalatería, carpintería, zapatería, a hacer hamacas, calcetines y a bordar; habilidades que llevamos de regreso nuestros pueblos. Me arrepiento que no pude aprender mecánica porque me serviría en la actualidad”, enfatizó.

Como catequista de niños que fue durante los siete años que permaneció en el campamento, Ayala todavía recuerda cuando en Navidad sacaban las pastorelas y teatrillos o cuando en Semana Santa dramatizaban la Pasión y Muerte de Jesucristo.

Ayala estuvo en el primer grupo que regresó a Santa Marta desde Mesa Grande el 10 de octubre d 1987, fecha que recuerdan año tras año.

Por su parte Ramírez se enorgullece de la unidad que existe entre sus paisanos de Virginia, para que no se corten los nexos con la comunidad que los vio nacer.

Esta semana Ramírez —aprovechando que se quedó sin empleo

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