La gran loza invisible atada al pie de Zablah

Si hemos de ser objetivos y honestos con el análisis, no podemos navajear las virtudes del recién escogido vicepresidente de ARENA, Arturo Zablah, con eso de que el hombre vuelve a su “tierra ideológica natal”, o que es meramente una medida a la desesperada por parte de ARENA para agarrarse al poder como una garrapata.

En democracia las medidas desesperadas de los partidos políticos para re-inventarse o para salvarse el pellejo de la quema están totalmente permitidas.

El señor Arturo Zablah es un tipo inteligente, mediático, “de altura”, como no, y eso no podemos negárselo al prójimo, ni al viento.

Es cierto, puede que el considerado por algunos como “volantazo repentino” del Sr. Zablah de aceptar la vicepresidencia arenera sea tomado como un cierto “reculón de principios” de su parte, pero visto del otro lado, también se podría tomar como una modesta apertura, quizás auténtica, esta vez, por parte de ARENA al poner en sus filas a un tipo habilidoso del que se sospecha, con la papeleta de causa revisada, tiene alguna sintonía suelta en el centro izquierda del espectro ideológico nacional.

Realizar un proceso de selección del mejor hombre disponible mediante el dedazo y después ratificarlo por otros mecanismos pseudo formales —por favor, si le parece, “todos alcen la mano ahora y ratifiquen” por ejemplo— como lo hizo el FMLN con Mauricio Funes, en el estadio Cuscatlán, es un gafe democrático que, en un país, como el nuestro, en proceso de democratización, se puede tragar, incluso por personas inteligentes, siempre y cuando lo tomemos como tal, un dedazo.

Sin embargo, me resulta mucho más difícil digerir la selección de un candidato mediante un proceso llamado “la Democracia va en serio en ARENA” en el que el resultado estaba amañado de antemano y en el que el elegido resultó ser el menos cualificado para el puesto de todos los contendientes finales como así lo anunciaban las encuestas en aquel momento.

Aceptar la candidatura a la vicepresidencia por ARENA supone irremediablemente aceptar también los principios amañados que arrojaron a Rodrigo Ávila como candidato electo.

Con ello Zablah pierde como mínimo una cosa: legitimidad en su propio proceso. Si uno es el escogido por alguien resultado electo de un proceso amañado, uno, inevitablemente, se vuelve parte de ese enmarañamiento democrático.

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