En Perú da miedo morirse: es un lujo abandonar la vida

Por José Luis Castillejos.

Lima.- Doña Julia Martínez todavía guarda en un rincón las pocas pertenencias de su fallecido esposo, Roberto Sol, quien al partir no sólo le dejó un vacío en el alma, sino un agujero económico y desorden en la cuenta bancaria.

“En Perú morirse es un lujo. Los pobres tenemos que hacer malabares para poder enterrar a nuestros familiares; todo es demasiado caro: el ataúd, las flores, el traslado y la tumba”, afirmó la señora Martínez, una profesora jubilada.

Tan pronto una persona expira y pasa a “mejor vida” y los familiares notifican a la Policía del fallecimiento empiezan a sonar los teléfonos de los deudos: Que si les ofrecen una capilla ardiente, nichos, carrozas fúnebres o cánticos.

Una nube de “vendedores” de servicios se pone a disposición de los deudos. Para todo hay que pagar, el velatorio, los trámites para darle de baja en el Registro Nacional de Identidad Ciudadana, el espacio en el cementerio y el traslado de los dolientes.

Como mínimo para “bien morir” los familiares tienen que desembolsar unos cuatro mil dólares para un sepelio que se precie de ser “decente”, es decir, en condiciones mínimas para que “descanse” bien el muerto en medio de la belleza terrenal de Los Jardines de la Paz.

¿Pero qué hacer si no hay dinero, como ocurrió con la señora Martínez, una peruana de 75 años? Fácil, la solución está al alcance de su firma, la estampa en una letra en blanco y allí le cargarán todo, desde gastos administrativos hasta el café.

Don Roberto Sol, quien falleció de cáncer, fue velado en la sede del Comité de Administración del Fondo de Asistencia y Estímulo de los Trabajadores del Sector Educación (CAFAE), cercana al centro de Lima y el servicio funerario y velatorio corrió a cargo de “Camino de Paz”.

Un seguro da parte de la cobertura del sepelio que constituye una ayuda real, efectiva y única para solventar los gastos de los trabajadores inscritos en las administradoras de fondos de pensiones, asegurados de EsSalud y compañías de seguros.

Las instalaciones tiene un amplio salón de ingreso, rotonda de descanso con vista por ambos frentes a los amplios jardines del Parque de la Reserva, una capilla para servicios religiosos con capacidad para 100 personas, equipada con altar y porta ataúd.

Por el patio central iluminado y decorado con fuente de agua y sus seis modernos salones de velatorio, equipados con bancas, torres de iluminación, servicio de cafetería y telefonía pública, caminan diligentes empleados que ofrecen de todo.

Una solícita mujer de robusta figura, se acerca al “responsable” de enterrar el fallecido y tras la firma de unos 20 documentos le dice que todo está listo para la sepultura; otra dama ofrece por 20 dólares una misa y si quieren cánticos unos 60 dólares más.

“Seca tu llanto y no llores si me amas”, pregona una leyenda de San Agustín, pero es imposible pasar de la tristeza a la felicidad, porque la muerte llama dos veces: cuando te mueres y cuando a los familiares van a cobrarle las deudas o a embargarle sus cosas.

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