Los nuevos tiempos que soplan

A los que pagamos impuestos en el primer mundo nos va salir carísimo socorrer a los ricos, pero los que realmente van a pagar el pato serán otros, los que están hacia el sur o lo que es lo mismo los que estaban peor.

La caridad hacia los banqueros –quien iba a decirlo verdad– es poco menos que un atraco a mano armada, en donde el Estado es quien sujeta y apunta el arma al pecho de los clientes, mientras los banqueros, a rostro descubierto, salen corriendo por la puerta de atrás con el botín a rastras.

Pero no nos equivoquemos, no estamos ante el atraco producto del diseño y la antelación, sino ante los ya populares “daños colateralesâ€? tan dolorosos como necesarios para preservar un orden superior.

Sólo por poner uno de los tantos ejemplos, un alto ejecutivo de Merril Linch llamado John Thain se llevó bajo el brazo un cheque de una modesta cantidad de nada menos que $200 millones cuando fue despedido por su nefasta gestión al frente de la empresa. Únicamente había estado en el cargo 8 meses. Es lo que en el mundo de los tiburones de Wall Street se conoce como “blindaje contractual leoninoâ€?.

En caso de divorcio prematuro, estos gángsteres de las altas finanzas tienen las espaldas cubiertas para toda la vida y para las tres próximas generaciones, pero ese blindaje, al final, ha corrido por cuenta del contribuyente, como otros muchos que han salido a la luz pública.

Los distintos gobiernos, que nunca son tan diferentes —por lo menos no en este aspecto concreto— traman una refundación, a cualquier precio, de la nueva versión de ese capitalismo “más amableâ€? que se nos anuncia y nosotros los salvadoreños, que ya somos más grandecitos, vamos teniendo una idea más aproximada de cómo nos afecta esa operación de salvamento del sistema:

Las calificaciones de nuestra economía se debilitan, las inversiones extranjeras se estancan, el crédito se repliega, las remesas aguantan a duras penas y nuestra banca nacional, que en realidad es internacional, cada vez, tiene menos ganas de prestarle dinero a la gente en nuestra comunidad para abrir un negocio o para cualquier otro propósito, al menos, que se presenten “garantíasâ€? por el doble o el triple de lo que se les solicita.

Si se piden $20,000 hay que presentar credenciales de que se está en posesión de, por lo menos, $40,000.

La desconfianza se ha vuelto una cosa terrible y generalizada, está hasta en nuestra propia sombra. Les confieso que de la mía cada vez me confío menos..

A diferencia de nuestro respetable amigo Manuel Enrique Hinds, para quien intuyo las cosas no están del todo mal, los que no sabemos mucho de las complejidades macroeconómicas siempre contamos con otros datos mucho más certeros y rotundos: los gastos de la canasta básica y la hipoteca nos aprietan más la garganta según nos aproximamos a mediados del fin de mes.

No es necesario ser un erudito en sociología para darse cuenta de lo que está pasando en nuestra sociedad y a nuestro alrededor. Por si les sirve de algo, “tenemos que ir adaptándonos a esta nueva situación y acostumbrarnos a vivir con menos que antes de la I Guerra Mundialâ€? es el humilde consejo de la bisabuela de mi hijo que sólo llegó —la bisabuela, no mi hijo— a segundo grado a principios de 1900s.

Es verdaderamente reconfortante oír este tipo de testimonio en estos tiempos de cambios de alguien a quien ya no le funciona el cuerpo, pero que su mente tiene cuerda como un Rolex de los de antes.

Las criaturas del sur no habían entrado todavía a disfrutar de los frutos y placeres de una buena vida —ruego amablemente no confundir con una vida buena— tan sólo sospechaban que, a los que la disfrutaban, les salía cara. Ahora lo sabrán mejor, en parte, les va a tocar pagarla directa o indirectamente.

Se estima que, debido a las inyecciones de dinero de los gobiernos en los países del primer mundo —más de $3 billones, tres millones de millones, una cifra de ceros eternos— para rescatar a las entidades financieras nacionales y al sistema financiero internacional, los países del sur

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