La historia de Pedro, sobreviviente del Mitch que enterró a toda su familia

TEGUCIGALPA (AFP) – “Dios me dio a mis cuatro hijos y a mi esposa y él me los quitó”, afirma con resignación Pedro Fúnez, un hondureño que hace diez años perdió a toda su familia en un derrumbe provocado por el huracán Mitch en un suburbio de Tegucigalpa.

A partir del 26 de octubre de 1998, todo el territorio hondureño sufrió los embates del Mitch, con desbordes masivos de los ríos que causaron inundaciones y derrumbes en carreteras, convirtiendo al país en islas accesibles sólo por aire cuando la tempestad cedió el 1 de noviembre.

Según cifras oficiales, el ciclón dejó 5.657 muertos, 8.058 desaparecidos, 1,5 millones de damnificados y pérdidas materiales por 5.000 millones de dólares.

Dos de las historias más conmovedoras son las de Pedro Fúnez y la de una profesora de primaria, Isabel Arriola, que sobrevivió seis días asida a una tabla en el mar embravecido.

La mujer –que ahora vive en Estados Unidos–, fue arrastrada al mar por las olas y las crecidas de un río, en la aldea de negros garífunas de Santa Rosa de Aguan, departamento de Colón, unos 550 km al norte de la capital. Ella fue rescatada por un barco francés en alta mar.

En la capital, lo peor ocurrió el 30 de octubre. Hacia la medianoche de ese día, en la colonia marginal de Nueva Esperanza, Isaac, de 4 años, pidió a su padre, Pedro Fúnez, que le dejara un espacio en la cama en que dormía con su esposa porque tenía “miedo” por la intensa lluvia.

Unas dos horas después del pedido de Isaac, Pedro, sus cuatro hijos, su esposa y sus suegros sentían que la vivienda se resquebrajaba y ellos rodaban entre los escombros de la casa y un alud de rocas hacia la creciente del río situado unos 100 metros abajo.

Pedro quedó atrapado entre tierra y rocas hasta la cintura. En medio de la oscuridad, comenzó a gritarle a cada uno de los miembros de su familia, por su nombre. Ninguno le respondió, salvo su suegro, quien también se salvó.

Como pudo, quitó la tierra y las piedras que lo atrapaban y subió donde un vecino. Después, la familia con la que trabajaba como vendedor de una farmacia lo ayudó para ser llevado a un hospital.

Regresó al lugar del derrumbe donde socorriistas británicos y mexicanos le ayudaron a recuperar los cuerpos de sus hijos Wilson (15 años), Ana (13), Pedro (8), Isaac (4), su esposa, Teresa Amador (36), y su suegra, María Cecilia Rivera (58).

“¿Cómo voy a olvidar eso?”, dice Pedro a la AFP, mientras trabaja como despachador de autobuses cerca del mercado de Comayagüela, en el sur de la capital.

Diez años después de la tragedia, Pedro, de 47 años, trabaja como despachador de los autobuses que van a la colonia donde vive, bautizada con el nombre de Cruz Roja, en honor a esa institución que la construyó en la zona de Altos de Santa Rosa, unos 5 km al sur de la capital.

“Tengo una nueva familia, me casé con Albertina Sánchez”, relata mientras pasa lista a los autobuses que llegan a la estación y ordena la salida de cada uno.

Su mujer tiene tres hijos, Patricia (25), Jorge (22) y Karen (21), a los que él ha apoyado como si fueran suyos.

A diez años de la tragedia, Pedro fue al “Divino Paraíso”, el cementerio de los pobres, al suroeste de Tegucigalpa, a limpiar y pintar las cruces de las tumbas de su familia.

“Dios nos da y Dios nos quita. Yo voy a reencontrarme con ellos”, expresa con convicción cristiana.

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