Un país entre el cannabis y la soja transgénica

Decía Arturo Jaretche en su “Manual de Zonceras argentinas” que una de las más recurrentes costumbres de la oligarquía era confundir el destino nacional con sus intereses de grupos.

Muchos siglos antes, Plutarco se había anticipado al pensador argentino afirmando que el privilegio, por definición, defiende y protege al privilegio.

Decía el pensador argentino que los cultivadores del mitrismo no miraban tanto al general que dirigió a la Argentina durante la infame guerra del Paraguay, ya finado, como al diario que fundara el mismo, “La Nación”, que siguió con vida y por mucho tiempo distribuyó en Argentina los dividendos de la fama mientras cuidaba las espaldas de su fundador.

Inducir al periodismo a identificar a intereses de grupo con el destino nacional no es un patrimonio de la prensa bonaerense, y también tiene sus ejemplos en Paraguay, donde los mismos comunicadores que se pretenden nacionalistas y voceros de los intereses generales de la comunidad son los más enconados abogados de los personeros de la transnacional Monsanto.

En una reunión con el sector sojero, el clérigo-presidente de Paraguay Fernando Lugo ratificó que su Gobierno hará respetar la ley, no importa quién sea. “La ley es para todos”, dijo el obispo a los sojeros paraguayos este fin de semana, cuando éstos manifestaron que no pueden sembrar por temor a los campesinos.

Los traficantes de transgénicos, victimarios en papel de víctima, expresaron al obispo que aunque se pongan al día con las normas legales para la producción agrícola extensiva, los sin tierras no les dejan iniciar los trabajos y corren peligro de perder todo el año agrícola por este motivo.

El ministro del Interior Rafael Filizzola declaró al respecto que militarizaría el campo para asegurar la siembra, y que los sojales eran de la policía.

La soja es promovida en Paraguay por el modelo de la transnacional Monsanto, cuyos intereses son gerenciados por el imperio y su ejército de lacayos, publicistas y periodistas. Las plantaciones de Cannabis, ya se sabe, también caen en la jurisdicción de la embajada norteamericana de Asunción, en guerra eterna con las drogas.

Transgénicos y guerra contra las drogas
La guerra contra las drogas es una iniciativa llevada a cabo por Washington, entre otros países, orientada a la persecución de la producción, comercio y consumo de ciertas sustancias psicoactivas, a las que se atribuye el estatus de drogas prohibidas, aunque numerosos estudios científicos demuestren que el tabaco es más perjudicial que la marihuana, evidencia que es relegada a un segundo plano porque el negocio está en manos de un puñado de tabacaleras estadounidenses.

Con el ideal argumento que las drogas causan un grave perjuicio para la salud física y psíquica y generan redes de delincuencia y corrupción, el imperialismo encontró la excusa perfecta para intervenir en asuntos internos de países latinoamericanos e irrumpir en la vida privada de los ciudadanos, aunque la mayor parte de los problemas relacionados con el narcotráfico sean generados por la propia prohibición.

Estados Unidos gasta más de 30 mil millones de dólares al año en esa guerra, en la que un millón y medio de personas son arrestadas cada año, pero el combate permite al bajo mundo del hampa embolsar 40 mil millones de dólares merced a la misma prohibición (es decir, el “combate” hace que los “malos” aumenten sus ganacias en una suma que supera en diez mil millones de dólares a lo que se gasta en la “guerra”).

El fracaso de la política es cada vez más notorio, tanto como las facilidades para adquirir drogas y el aumento del consumo en Paraguay -donde dicha guerra sólo sirve para que de tanto en tanto las autoridades aparezcan en una fotografía con el embajador norteamericano- pero no cabe duda que los intereses que ha creado se han consolidado y no permiten reconocer la derrota..

Uno de estos intereses está detrás del dinero que resulta de la prohibición, y sabemos que la prohibición es un ejemplo clásico

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