De nuevo los mártires

Todos los años recordamos puntualmente el asesinato de seis jesuitas y sus dos colaboradoras. Aunque en su momento su muerte nos golpeó a todos con las características propias de la tragedia y la injusticia, hoy los recordamos de otra manera.

No como víctimas, que efectivamente lo fueron, sino como triunfadores. Su vida sigue inspirando a muchos, su mensaje continúa vigente, su ejemplo invita a pensar críticamente.

En este aniversario les recordamos especialmente como personas que lucharon para que no hubiera excluidos de esa gran familia que es y debe ser la humanidad.

La humanidad es una, y nadie puede ser excluido de la misma. Bajar de sus cruces a los crucificados de la historia, en frase feliz de Ignacio Ellacuría, es luchar por la inclusión en el modo de vida humano que la igual dignidad de la persona exige.

En el póster de este año figura la frase del mismo Ignacio que literalmente dice: «En el Reino habrá abundancia para todos, pero nadie se podrá considerar rico en contrapartida con el pobre y en contraposición con él».

Esa realidad del Reino futuro, ardientemente creída y vivida por nuestros mártires, llevaba a luchar por la paz en El Salvador, a defender los Derechos Humanos, a estudiar la realidad para poder cambiarla, transformarla, haciéndola más humana y humanizadora.
Porque no hay duda que había injusticias en su tiempo y que las sigue habiendo ahora.

No ignoramos que hace 20 años la guerra, la pobreza y las estructuras socioeconómicas marginaban y excluían de mínimos vitales, usando ahora la expresión de Masferrer.

Como tampoco desconocemos que hoy siguen estando excluidos del trabajo digno el 80% de los salvadoreños, con todo lo que comporta de débiles redes de protección social, subempleo y generación de ambientes de violencia.

Dar la vida por los demás es siempre el mayor signo de humanidad que se puede tener. Y los mártires jesuitas, junto con muchos otros mártires de El Salvador, nos ofrecieron desde su fe y su entrega ese signo. Signo que hoy permanece como generador de esperanza y de transformación de nuestra propia realidad.

Una de las intuiciones de nuestros mártires, específicamente formulada por Ellacuría, y que hoy debemos profundizar, hablaba de la construcción de una nueva civilización.

Con su habitual fuerza expresiva, nos proponían una civilización de la pobreza frente a la civilización vigente, que absolutiza en tantos aspectos al capital. E insistía en civilización de la pobreza, y no de la austeridad, el servicio, o cualquier otro valor civilizatorio, por una simple razón: Son los pobres los que tienen desde sus anhelos y deseos de dignidad los que tiene que tener el protagonismo en la nueva civilización.

No se trata de una civilización paternalista del que tiene y da al que no tiene, enmarcada excesivamente en la dicha de tener bienes materiales. Sino de una civilización en la que recibe más quien da y se da, aprendiendo de los más pobres, que se sacrifican en ocasiones hasta el extremo para que sus seres queridos vivan.

Una civilización donde el trabajo de todos produzca bienestar básico para todos, oportunidades iguales y libre autorrealización d e las personas.

Hoy, en medio de una crisis que ha aumentado ostensiblemente la pobreza tanto en nuestro país como en el resto del mundo, la intuición y la invitación a construir una civilización de la pobreza opuesta a la civilización del capital, se convierte en un desafío de primera magnitud.

No podemos continuar ensalzando un libre mercado absoluto, funcionando sin responsabilidad sobre sus propias decisiones. No podemos mantener una civilización a largo plazo en la que el egoísmo y el afán de lucro sean los motores esenciales.

No queremos sociedades fracasadas en las que unos pocos vivan bien y el resto se tenga que conformar con una vida llena de limitaciones o con la alternativa de la emigración.

Lo mártires nos piden creatividad, respuesta, construcción de nuevas comunidades de solidaridad que empiecen a vivir en su seno est

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