La hora de Obama

Por Mumía Abú-Jamal

Con elegancia y considerable serenidad, Barack Hussein Obama subió al escenario de la historia, y trató de volver una gigantezca página del libro de los anales de la vida nacional de los Estados Unidos de Norteamérica.

Con aire serio y demostrando confianza, se movió por todo el escenario apretando manos, dando abrazos, y besando a las damas. Parece que gozaba dando apretones de mano —y abrazos!— al penúltimo de los miembros del exclusivo club de los 44, el ex presidente George W. Bush.

Pero si Barack Obama fué la estrella brillante del presente momento político, comparado con la desvaneciente estrella de Bush, la otra estrella que brilló poderosamente fué el Pueblo, que llenó las calles en formas sin precedentes, jamás vistas por millones.

Rostros sonreían calor y confianza, evidentemente ignorando las frígidas temperaturas.

Hubo, como siempre hay en manifestaciones políticas, pompa y solemnidad, pero la afabilidad popular parecía irradiar del pueblo, que por horas desafió el frío para presenciar una historia que muchos pensaron jamás vivirían para ver: la instalación de un hombre de indiscutible herencia africana en el timón de la nave del estado.

Si la nación irradiaba entusiasmo, el mundo dió un suspiro de alivio casi colectivo no sólo viendo el ascenso de Obama, si no también la retirada del hombre que como nadie personificó la esencia del “norteamericano feo.”

Aún cuando las cosas probablemente no cambien tan dramáticamente como algunos esperan, y otros temen, el paso de una administración vista como de fanfarrones, charlatanes patrioteros y asustalo todos a una administración que por lo menos es capaz de proyectar capacidad e inteligencia parece como un cambio extraordinario.

Parafraseando a “Macbeth,” de Shakespeare, uno podría decir de la partida de Bush, “Jamás le cayó a él nada mejor, que dejar el puesto.”

¿Ha sido este cambio más simbólico que sustantivo?

Esto ciertamente lo veremos.

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