Rodrigo Ávila: El debate y la hombría política

En la antigüedad no había excusas. El reto entre dos hombres sólo tenía una salida: el combate cuerpo a cuerpo por el honor, el respeto, la credibilidad y la palabra.

Las cosas eran más simples, pero las reglas estaban claras: el retado nunca se echaba para atrás, no podía, su honorabilidad se lo impedía.

En aquellos tiempos, un hombre sin honorabilidad tenía el mismo valor que una fulana de calle.

El desafiante anunciaba a su contraparte el reto y después se lo hacía saber a toda la sociedad. El retado inmediatamente aceptaba y se ponía en marcha el arreglo entre las partes para el combate. El objetivo final del combate, en general, no era matar al oponente, sino lograr “satisfacción”, restaurando el honor propio al poner en juego la propia vida para defenderlo.

En la antigua Grecia de Homero, los retos se tomaban mucho más en serio, a muerte, sin tener demasiado en cuenta las posibles superioridades o debilidades de los protagonistas.

El flácido Paris, príncipe de Troya, por ejemplo, a pesar de tener una tercera parte de la masa muscular de su contrincante, retó a Menelao, rey de Esparta, a saldar sus diferencias, cuerpo a cuerpo, sobre la arena, delante de las puertas de Troya. Menelao, no sólo aceptó el reto, sino que se bajó de su caballo y se dispuso a realizar el envite en el acto.

El príncipe Paris no duró ni medio minuto en el combate antes de empezar a arrastrarse sobre la arena, como una cobarde lagartija, de vuelta hacia las majestuosas murallas, en busca de auxilio, mientras su padre, el rey Priamo, soberano de los troyanos, fruncía los ojos como dos tablillas horizontales, desde lo alto del palco.

Fue Héctor el encargado de saldar el fiasco de su hermano menor y salvar el honor de Troya, traspasándole el pecho a Menelao con una lanza de hierro fundido de dos metros de largo.

Mucho ha llovido desde entonces y muchas cosas han cambiado desde que aquellos antiguos griegos se batían a muerte por defender su honor y su hombría ante el “desafío” de sus oponentes.

Sin embargo –quiero creer yo– todavía queda en la escala de valores de nuestra raza guanaca, una cierta hombría que se le adjudica a aquel que está dispuesto a salir a la palestra pública a defender sus ideales, sus principios, sus valores, su visión de mundo y su honor ante del reto que le lanza un oponente político a plena luz del día.

No sólo en una ocasión, sino en varias, Mauricio Funes, el hombre al que se le prejuzga de débil ante la dirigencia de su partido, ha retado abiertamente a su oponente político, Rodrigo Ávila, a ajustar sus discrepancias en un debate público ante el pueblo en vivo y en directo, pero éste último, remolcado por los peces gordos que controlan su partido y sus asesores políticos, no ha respondido con meridiana claridad si acepta o no el duelo público lanzado por su desafiante.

Funes le viene tirando la cantada desde hace algún tiempo. El 27 de noviembre del año pasado le soltó: “[Sr. Ávila] dejemos la campaña sucia a un lado y hagamos un debate entre usted y yo, no se trata de vencer o morir, “ sino de presentar los “planteamientos programáticos de cada uno de nosotros.”

Ávila respondió, primero, alegando que él con quien estaba dispuesto a debatir era con la dirigencia del FMLN, no con un mandado y, segundo, más ridículo todavía, haciendo ver que él ya estaba en un debate directo e importante con el pueblo.

Pero ahora la cosa ha cambiado. Esta última semana un periódico le cocinó una pregunta fácil, rara, inaudita y prediseñada, con el ánimo de hacerlo lucir como el precursor de la iniciativa del debate.

–¿Está dispuesto a debatir junto a los candidatos a vicepresidente?– le preguntaron al Sr. Ávila unos auténticos periodistas.

–Por supuesto, aquí se trata del tema equipos– respondió el candidato.

“Aquí se trata del tema equipos”, vaya respuestilla, no le cabe ni el adjetivo, con el diminutivo va sobrada.

No me cabe la menor duda de que Ávila, solo en el cuadrilátero ante Funes, lleva todas las posibilidades de pe

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