Música y magia en el Sahara durante el Festival del Desierto

Por Márcia Bizzotto.

Essakane, Malí.- Es cuando el sol baja, inmenso y naranja, por detrás de las dunas, que el desierto del Sahara empieza a llenarse de música, un ritmo hipnotizante, marcado por la mezcla de guitarra eléctrica con kora, ngoni, djembé, más el canto de los tuareg.

Mujeres con los cabellos trenzados decorados con piedras enredadas, el fuerte maquillaje y los niños cargando, van formándose delante del escenario -ellas tienen el privilegio de las primeras filas-, mientras la noche va cayendo llena de estrellas.

Hombres cubiertos por túnicas, las cabezas envueltas en coloridos turbantes y largas espadas se aproximan montados en camellos. Vienen a presenciar uno de los más auténticos festivales de música del mundo, el Festival en el Desierto, en Essakane, en el norte de Malí. Creado en 2001, el evento reune cada año a artistas en la región de Essakane, y es uno los festivales más importantes de la cultura tuareg y de la música africana.

Participan grupos tradicionales de algunas de las más de 13 etnias del país, artistas de otras partes de Africa y los grandes nombres que han proyectado a nivel internacional la música malí, como Habib Koite, Salif Keita o el grupo tuareg Tinariwen. Llegar hasta este lugar de Malí puede tomar todo un día de viaje por una precaria carretera hasta la ciudad de Mopti. Existe otro camino en el que se puede llevar hasta tres días en una piragua, un pequeño y ligero bote, que sube por el río Níger hasta la legendaria ciudad de Tombuctú. Una vez que se llega a Tombuctú el viaje continúa en un vehículo 4×4 que durante unas dos horas atraviesan las dunas coleccionando neumáticos pinchados, fallas en el motor y atascos en la arena. Para los tuareg, el viaje dura tres días en camello desde Tombuctú, o 18 días desde de las minas de sal de Taoudenni, guiados por las cuatro estrellas que marcan la ruta del Norte de Malí hacía Essakane. “Intentamos siempre coincidir con la fecha del festival. Essakane en esa época es la mayor de todas las fiesta tuareg”, dice Abdoul Kassoum, bajo un cielo que se va tiñendo de todos los matices de naranja y púrpura.

Según ese tuareg, de 16 años, el Festival en el Desierto es como cualquier parada de su caravana en un campamento durante uno de sus largos viajes, sólo que en dimensiones amplificadas. Junto a los camellos, camiones cargados de generadores, amplificadores, luces y equipos electrónicos van cambiando el paisaje del desierto durante los cinco días que la organización toma para poner en marcha toda la estructura para el festival de música. En ese lugar tan inhóspito, hace falta también traer el agua que permitirá funcionar los precarios baños y duchas, aunque el suministro se acabe antes de los tres días que dura el evento.

Las dunas se llenan de auténticas tiendas tuareg, montadas con piel de camello estiradas sobre cinco palos, donde duermen trabajadores locales, visitantes extranjeros y artistas. Las hogueras, en las que se hierve el fuerte té tradicional, iluminan y calientan las frías noches del desierto. Durante el día, sirven también para asar las cabras y corderos que llegan vivos, traídos por los peuls, la tribu ganadera de Malí. Los días pasan con la música sonando bajo diversas tiendas en improvisadas “jam sessions” que juntan público y artistas, ruedas de danzas tribales, carreras de camellos y conferencias sobre cuestiones sociales diversas.

El festival fue creado para reproducir exactamente eso, una típica reunión tuareg, y promocionar la cultura de esa mítica tribu del desierto, que se conoció a nivel mundial por alzarse en armas contra el gobierno central maliense al inicio de la década de los años 90. A la vez, el éxito que el evento adquirió internacionalmente da a la población local la oportunidad de hacer negocios y ganar el sueldo de todo un año. Mientras los turistas extranjeros pagan 140 euros (unos 184 dólares) de entrada, para los africanos el acceso es gratuito y la mayoría de los que van allí lo hacen para trabajar.

Un improvisado mercado de artesanía permanece abie

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