Rechazo de Livni pone en aprietos a Netanyahu

José Parra. Colaborador

Jerusalén.- Tras el fracaso de su reunión con la líder del partido Kadima, Tzipi Livni, el primer ministro designado de Israel, Benjamín Netanyahu, ve lejano su objetivo de formar una amplia coalición de gobierno.

Si Livni sigue oponiéndose a unirse a su Ejecutivo argumentando “enormes diferencias ideológicas sobre el proceso de paz”, Netanyahu buscará desesperadamente los 13 escaños del Partido Laborista.

Hoy se reunió el el líder de esa agrupación, Ehud Barak, quien le expresó el deseo de ir a la oposición. A nivel personal, Barak quiere seguir siendo ministro de Defensa y Netanyahu lo considera “el mejor para este cargo tan importante”.

El drama de ambos es que tras la debacle electoral más importante en su historia, que lo ha marginado a una cuarta posición en el Parlamento, los laboristas creen que sólo desde fuera del gobierno pueden recuperar su fuerza.

Tras reunirse este domingo con Livni y hoy con Barak, serios nubarrones obstruyen el panorama de Netanyahu.

Desde que recibió el viernes el encargo de formar gobierno, dispone de cuatro semanas -y dos adicionales si es necesario- para ampliar y evitar lo que ahora tiene: una coalición de estrecha mayoría, basada exclusivamente en la derecha y los ultraortodoxos.

“Sólo con este apoyo y dependiendo del voto de algunos diputados ultraderechistas, Netanyahu no podrá viajar ni a Washington”, asumen dirigentes del Likud.

Netanyahu no puede tener el gobierno que quiere. Y el que tiene no lo quiere ni en la peor de sus pesadillas; como la pesadilla de 1996, cuando formó un gobierno sólo con la centro-derecha.

Trece años después, la situación es más compleja porque la nueva coalición sería claramente de derechas. Sesenta y cinco diputados lo apoyan, todos del bloque llamado “nacional” que se opone a cualquier concesión en el proceso de paz. Y cuatro de ellos son de la ultraderechista Unidad Nacional.

Netanyahu -coronado en el pasado como “el mago de la política israelí”- deberá usar toda su magia y carisma para convencer a Livni y Barak.

Para ello, les ofrece todo lo que uno puede imaginar. Excepto un Ejecutivo de rotación, les da los ministerios más importantes, derecho de veto, elaboración conjunta de la línea programática.

Y usa la retórica como “son las horas de mayor peligro desde la creación de Israel en 1948” o “la amenaza existencial que supone un Irán nuclear nos obliga a estar unidos”.

Todo es posible en la presión de Netanyahu por evitar un gobierno que sea boicoteado por la comunidad internacional; un Ejecutivo que dependerá cada semana del voto de algún diputado que por razones ideológicas o personales se puede volver en su contra.

Consciente de los recelos que causa en capitales occidentales, Netanyahu envió el primer mensaje a su principal aliado, Estados Unidos: “Prometo trabajar y cooperar con el presidente Barack Obama para avanzar en los objetivos comunes de paz y seguridad para nosotros y nuestros vecinos”.

Pero sin Livni como amable escudo en calidad de ministra de Asuntos Exteriores, le será difícil trabajar con Obama, que apuesta por una “diplomacia agresiva para conseguir la creación de un Estado palestino”.

Algunos futuros socios de Netanyahu opinan que “no hay socio palestino para las negociaciones, y hay que continuar la construcción de colonias en Judea y Samara (Cisjordania) y no hay que desmantelar los enclaves ilegales”.

Con estos socios, Netanyahu se sentiría un líder aislado dentro, y especialmente fuera, de Israel. Y lo que es peor, estaría sujeto a una inestabilidad que tarde o temprano le hará caer, como en 1999. El castigo ese año fue una abrumadora derrota electoral frente a Barak.

El pasado indica que eternos enemigos políticos e ideológicos como Ariel Sharón y Shimón Peres supieron gobernar conjuntamente. Livni y Netanyahu nunca han sido rivales. Los dos nacen de la misma familia del Likud, no se odian y comparten muchos puntos de vista.

La gran pregunta es si el líder conservador se

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