El Dios libre, los ateos y los librepensadores

Aún no se apaga el ruido provocado por la polémica que desató en España la propaganda tan controvertida en los autobuses urbanos de varias ciudades españolas, con la discutida frase “Probablemente Dios no existe.

Deja de preocuparte y disfruta la vida”, que levantó los ánimos de organizaciones de ciudadanos, políticos y sobre todo de instituciones religiosas como la católica, cuando ya esta última institución vuelve a llenar los titulares de la prensa mundial debido a un nuevo paso en falso del Vaticano.

Esta vez son las declaraciones de un obispo británico que acababa de volver a ser acogido en el seno de la institución madre, y que no ha sabido como mejor corresponder a tal privilegio, que negar el holocausto.

En ambos casos las reacciones han sido muy dispares y no encubren el hecho de que la relación de esta institución con Dios tiene un sello muy particular, producto de un pasado histórico que deja demasiado lugar a las dudas.

En el caso de los autobuses se ha dejado de lado el hecho de que la palabra “probablemente” conlleva un cierto respeto ante el lector que cree en Dios, no importa a qué religión éste pertenezca, al no aseverar rotundamente que Dios no exista, sino empleando una expresión que más bien cuestiona un hecho, haciendo uso de la libertad que todo ser humano tiene precisamente en base al libre albedrío que Dios mismo otorgó a sus hijos.

La controversia y sobre todo las reacciones son interesantes de analizar, sobre todo porque la institución mencionada se arroga el derecho a tener nada menos que a un vicario de Cristo.

Quien analice la historia de las instituciones religiosas que se denominan cristianas, no tardará en darse cuenta de que precisamente han sido ellas las que en el curso de los acontecimientos históricos han demostrado gran inflexibilidad y poco respeto por otras creencias.

Ya en la Biblia, en el Antiguo Testamento, se escuchan palabras en boca de Dios que para una persona de este tiempo son difíciles de comprender.

En el Levítico, por ejemplo, se lee que Dios ordena la conquista, el saqueo y la matanza de pueblos enemigos, inmolaciones y sacrificios de animales, lapidaciones de mujeres, de blasfemos –la cuestionable ley del talión–, diciendo a quien no cumpla sus mandamientos: “Traeré sobre vosotros el terror, la tisis y la fiebre, que os abrasen los ojos y os consuman la vida” (Lv 26, 16).

Los capítulos siguientes y muchas otras expresiones puestas en boca de Dios en el libro sagrado del cristianismo no son más tranquilizadores.

Si a esto se agregan las ostentosas ceremonias, los trajes suntuosos, los rituales, las tradiciones, la estricta organización jerárquica y los preceptos y dogmas establecidos por los altos cargos de esta institución, ¡cómo no habría de ser comprensible que personas de otras creencias, o bien ateos y librepensadores que no quieren aceptar a un Dios tan cruel y sanguinario, duden y se pregunten si Dios realmente existe!

Ante tal terror, el disfrutar la vida y no preocuparse es una consecuencia en todo caso menos peligrosa.

Sin embargo, y felizmente, en el Nuevo Testamento Jesús de Nazaret presenta a un Dios muy diferente.

Las actuaciones del Hijo de Dios en su tiempo nos muestran a un auténtico hombre del pueblo, que se ganaba el sustento con el trabajo de sus propias manos, que vivía en condiciones humildes, que respetaba la vida de sus semejantes y de los animales, advirtiendo, no amenazando, que lo que se le hacía a la más pequeñas de las criaturas se le estaba haciendo a él.

Jesús de Nazaret dio a conocer a un Padre bondadoso y amante de sus hijos humanos, un Dios que evidentemente nada tiene que ver con aquel que se nos presenta en el Antiguo Testamento, que según la dogmática católica es parte integrante de la Biblia.

Dos teólogos alemanes, Neuner y Roos, resumieron los dogmas de esta Iglesia en el libro “La fe de la Iglesia en los documentos de la promulgación de la enseñanza”, y en el Nº 85 establece

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