Miles de niños peruanos sacan a "pasear" sus miserias

Por José Luis Castillejos

Lima.- Matías tiene trece años, nació en el cerro de El Pino, en el capitalino e inexpugnable barrio de La Victoria, de torcidas y peligrosas callejuelas, desde donde todos los días saca a pasear su miseria.

“Bajo siempre a las calles, a lavar carros, a buscar algo de almuerzo y si me va mal en el día, porque hay días malos, tengo que pedir limosna.

¿Mi mamá?, ella es pepenadora de cartones y botellas; cada quien se la busca”. Desgrana una a una sus palabras y, de reojo, Matías mira el altillo de un tugurio donde un grupo de hombres, que ven un partido de futbol, chocan las botellas de cervezas, en uno de esos fines de semana que a golpe de trago algunos limeños “matan” el tiempo.

“A mí me gustaría estudiar, tener una bicicleta y aprender computación. No puedo, no hay dinero. Hay días en que duermo en la calle si no llevo algo de dinero a mi casa”, confiesa a Notimex este pequeño de cabellos parados y ojos saltones.

Tiene las uñas llenas de tierra, los ojos apagados y la boca agrietada “es que a veces le entro al terokal (pegamento para zapatos). No siempre…”, se justifica el menor que en una pequeña bolsa negra lleva su “medicina” como él llama a este producto.

A toda hora en los cruces de las principales avenidas de Lima, los denominados “niños de la calle” hacen piruetas y malabares, limpian cristales y piden limosnas para sobrevivir en una sociedad que está ajena a ellos.

Son hijos del abandono, la violencia, el hambre que juegan a ser grandes en un país donde todo les queda distante y la gente se muestra indiferente. Matías es un número más de las estadísticas de organismos no gubernamentales que reciben ayuda europea para apoyar a los niños, quienes son ajenos a las lustrosas oficinas de los responsables de organismos que nada hacen para ayudarlos a salir del abandono.

Tímidos programas de rehabilitación de niños en situaciones de riesgo despliega el Ministerio de la Mujer y Desarrollo Social (MIMDES) que no tiene muy claro su propósito a juzgar por tantos niños que hay en la calle en situación de indigencia.

Estos niños pequeños se cuelan entre la fila de automóviles que esperan el pase del semáforo y luego de saltar, danzar, lanzar fuego o contar chistes piden una moneda.

“Una ayudita pe´(pues)”, pide Rosario, una menor que tiene su área de trabajo frente al cementerio de Surquillo, entre las avenidas Tomás Marsano y Angamos.

Da pequeños saltitos, hace unas cuentas piruetas y corre para ver si alguien le arroja una moneda desde los lujosos vehículos que bajan del exclusivo barrio de La Molina hacia Miraflores, un distrito que se ubica frente al mar. El rostro de la pobreza peruana está todos los días en las calles limeñas, lejos de los discursos oficiales o de los mensajes del ministro de Educación, José Antonio Chang Escobedo.

“La explotación infantil y el abandono de los menores es una constante en Perú donde la sociedad se ha vuelto insensible”, comentó a Notimex la investigadora Rosminda Guevara, egresada de la Universidad de San Marcos.

Es vergonzoso que haya tantos menores en la calle al tiempo que el gobierno despilfarra recursos en obras suntuarias o realiza grandes apoyos de inversión para la infraestructura, descuidando al futuro del país, los niños, anotó. Muchos peruanitos mendigan en las calles y subsisten lustrando botas, vendiendo dulces, baratijas, sin que la sociedad en su conjunto se sume para superar este problema. ¿La iglesia?, también es indiferente, añadió Guevara.

Otras menores trabajan como empleadas domésticas a quienes les pagan menos de cien dólares al mes por jornadas que llegan a las 14 horas diarias.

Aunque no hay cifras confiables se estiman que en Perú debe haber por lo menos unos 10 mil niños en situación de abandono social, pero las autoridades minimizan el asunto y se limitan a promover campañas para que todos vayan a clases y hagan de Perú un país con futuro.

El futuro, sin embargo, deambula en las calles aspirando

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