Mauricio Funes: de la edad de la inocencia a candidato presidencial

Un camino lo llevaba siempre a saborear las sanas delicias de su profesión: principalmente la honestidad, la crítica y el compromiso; el otro, lo induciría por el sendero de la vida fácil y de tardes placenteras como acomodado embajador de gobierno puesto a dedo.

Al final, aquel inocente niño, de mirada suave y ojos amables, llevaba dentro de sí a un gran monstruo político, que decidiría, en última instancia, tirarse a la peligrosa arena de los grandes felinos y luchar cuerpo a cuerpo con ellos para conseguir hacer su sueño realidad: llegar a ser presidente de su país. Si lo consigue, será el reto más grande de su vida.

Quiero presentarles al hombre que quiere, este próximo 15 de marzo de 2009, ocupar el sillón presidencial y, desde ahí, construir patria para todos, para todos los que gozamos y sufrimos la condición de ser ciudadanos de este país tan bonito y tan golpeado, al que los españoles erraron en llamarlo El Salvador, en honor a Nuestro Señor Jesucristo El Salvador del Mundo, del cual, como colectivo, estamos todavía muy lejos.

Nació en San Salvador en el año 1959. El primer recuerdo que Mauricio tiene en su memoria es el de su casa: la mesa de madera del comedor cubierta con un mantel de cuadros que llegaba hasta el suelo. Ahí, con su hermano mayor, Roberto, se deslizaba por el suelo entre aquellas faldas a jugar con sus historias de plástico, mientras su madre se disponía a hacer la comida.

En ese momento tenía sólo 5 años y ya entonces su hermano formaba parte del círculo de personas esenciales en su vida, un rol que Roberto jugaría incluso después de su muerte, en 1980 en manos de la antigua Policía Nacional.

De pequeño, Mauricio era un niño avispado, un tanto huraño, pero bien portado, hijo de Roberto Funes, un renombrado contador público, y Maria Mirna Cartagena, secretaria de oficina.

Sus padres le enseñaron a leer y escribir desde muy temprana edad y lo formaron en el hábito de la lectura. Gracias a ello, Mauricio empezó a tener una relación estrecha, casi íntima, con la literatura, algo que le serviría después como sustento del pan, a él y su familia, durante algunos años.

A los 6 años, Doña Maria Cartagena lo matriculó en el Colegio Centroamérica donde realizó sus estudios de educación primaria. Dicen sus antiguos amigos que dominaba el antiguo Silabario chileno –un cuaderno de trabajo de educación primaria– con soltura desde primer grado, pero no tanto como su hermano mayor Roberto, que era realmente un prodigio.

Después de terminar sus estudios primarios, a principio de la década de los 70s, Mauricio ingresa al Colegio Externado San José, un colegio católico privado de educación secundaria, de cierta fama en El Salvador, regentado por jesuitas, conocidos por educar a sus alumnos con bastante rigor.

A Mauricio y su hermano Roberto los llamaban sus compañeros de clase “los pajaritos”, seguramente por sus dotes de altos vuelos en literatura.

“Eran una pequeña mancuerda de gorriones, rápidos y sueltos de molleras, especialmente en el campo de las letras” me cuenta un ex compañero de Mauricio.

Desde la adolescencia la cabeza de Mauricio ya andaba ocupada en la comunicación, a lo que se dedicaría después como profesional durante 20 largos años, y que le serviría como trampolín para catapultarse hacia la primera magistratura del país.

Antes de terminar el bachillerato, ya había publicado artículos de opinión en los periódicos locales sobre las cuestiones gruesas que han preocupado siempre a la humanidad: la religión, la política y el inicio de nuestra existencia.

En octavo grado, con menos de 15 años, Mauricio publicó en El Diario El Mundo de El Salvador un artículo sobre la Divinidad, un tema complejo que incluso a día de hoy trae de cabeza a pequeños y grandes intelectuales. Para un muchacho de esa edad, aquello era algo, como mínimo, insólito.

Mauricio Funes recibió su diploma de educación secundaria en el Externado en el año 1976. Dicen que fue uno los mejores de su promoción, por su habilidad con las letras, activo q

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