El de arriba…

Semana complicada y llena de acontecimientos, fue la que acaba de pasar.

Ahora sí que hubo en el mundo de todo: masacres juveniles, economía volátil, caídas de aviones, quiebra de diarios, acelerada y preocupante disminución de los hielos árticos y las milenarias nieves de los bellísimos ventisqueros chilenos, asesinatos espantosos, ineficiencia del gobierno mexicano en el gasto público, el secuestro enquistado en Tijuana, feminicidios al alza, fraudes panistas, recuperaciones priístas, izquierda sin rumbo, y para colmo el Chapo Guzmán en la vergonzosa lista de potentados.

Lista esa, que más parece hecha para dar tips a secuestradores; porque por mucha que sea la vanidad, no están los tiempos como para sentirse orgulloso de integrarla mientras más de la mitad de la humanidad pasa hambre.

¿Qué pretende Forbes al hacerla?; ¿qué busca al incluir al Chapo?; ¿de donde sacó la información que lo pone en sitio tan prominente entre los ricos del planeta?

Dejando para los peritos en Derecho el que sea o no apología del delito lo hecho por su editora, lo cierto es que la revista se pasó; y que ojalá pudiera declarar sobre las inversiones que dieron base al debut oficial del Chapo en el mundo millonario.

Es también enojosa la actitud de Estados Unidos; ¿cómo se atreve a hablar de peligro por parte de México, después de los desastres causados por algunos de sus ciudadanos como Madoff, que tienen al orbe temblando de incertidumbre?

¿Con qué cara reclama cualquier cosa, tras sus omisiones en regulaciones y leyes que tanta inestabilidad ocasionaron? ¿Hasta cuando va a asumir que hay narcotráfico, porque hay consumo?

Ninguna relación tuvo con los poderosos, narcos o no, la vida de Angélica; que acabó 24 horas antes de que cumpliera 20 años, la tarde siguiente al Día Internacional de la Mujer.

Era preciosa, pobre y maltratada. Vivía con Luis desde hacía cuatro años, en una casucha ubicada muy cerca del rancho en Chile, donde ahora vivo; por eso me enteré de su historia.

Luis le ponía unas golpizas espantosas un día sí y el otro también.

Pero eso no era lo peor; y Angélica hasta lo veía natural, porque así había pasado con su madre y sus tías; y así pasaba con su suegra, cuya pareja la zamarreaba bien y bonito a la menor provocación.

Parecida a las madrastras de cuentos, esa suegra la odiaba por su belleza; y la celaba todo el tiempo para impedir que en una de esas, le fuera a coquetear al hombre con el que vivía.

Esos celos enfermizos tampoco eran “lo más pior” que la muchacha tenía que aguantar, como dijeron sus vecinas al carabinero que recogió su cadáver esa tarde.

Lo más espantoso era que la señora la mantenía encerrada, para que no saliera a ningún lado; y nadie podía hablar con ella, si no era en su presencia y por las ranuras de la reja.

Al principio a Luis no le gustó el trato de su madre a su mujer; pero después de semanas de vómitos de Angélica por su primer embarazo, no sólo le encontró razón; sino que hasta se buscó otra chiquilla que no estuviera panzona.

Los maltratos arreciaron cuando nació una niñita que ahora tiene dos años; porque él y la suegra, querían hombrecito.

Tampoco terminaron cuando antes del año de Lucy, nació un bebé que hoy tiene nueve meses; y al que la policía encontró gateando con la boca llena de espuma.

Había comido parte del detergente que su madre aventó al suelo junto a la ropa que lavaba, al enterarse que habría fiesta en casa de “la otra”, para celebrar su casorio con Luis; que ambos se mudarían a otro pueblo, pero que ella y los niños tendrían que quedarse con la suegra.

Los llantos de Lucy alertaron a las vecinas a llamar a los Carabineros; que luego de romper chapa y botar candados, la vieron parada de puntitas tratando de llegar a los pies sin vida de Angélica.

“La vieja era muy mala; tenía envidia de la muchacha, porque con su pelo liso y ruzio —rubio— y

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