El amor se abre paso en los cafés con piernas de Santiago de Chile

Por Rafael Croda. Corresponsal

Santiago.- Nora, una voluptuosa y bien plantada mujer cuya especialidad es dominar a los hombres con el látigo de su seducción, se topó de pronto con el amor. Lo hizo sin darse cuenta, sin quererlo, mientras servía express cortados en un café con piernas.

“Me enamoré de un cliente”, confiesa esta mujer de 37 años de edad que luce su cuerpo sinuoso con un pequeño bikini en el café “Felinas” del centro de Santiago de Chile, donde conoció a su actual pareja, Sergio, con quien tiene planeado pasar el resto de su vida.

Nora se había jurado nunca intimar con los caballeros asiduos al “Felinas”. Profesional del rubro, como es, se limitaba a servir café en paños diminutos y a atender con calidez y cercanía a los hombres que visitaban el sitio atraídos por esa bella mujer de un metro 80.

Su buen trato y su hermosura le granjearon una nutrida clientela a la que fue procurando durante años entre sorbos de express cortados, humo de cigarro y reggaetón a todo volumen en un ámbito en penumbras con luces fluorescentes en el que todo consistía en platicar.

“Aquí nada de toqueteos; una charla agradable nada más y mucha seducción para dominar la situación”, explica ella, quien tiene una hija de 12 años y un niño de 10 de su primer matrimonio, el cual terminó “porque me pusieron los cachos (los cuernos)”.

Sergio, un empleado bancario divorciado, comenzó a ir diario al “Felinas” en busca de la atractiva Deborah, hasta que un día le dijo que ya no aguantaba más, que se había enamorado de ella y que aspiraba a ser correspondido. “Salgamos”, le propuso.

“No puedo –replicó—, y además no salgo con clientes, ya lo sabes”.

Con persistencia, paciencia y el corazón por delante, Sergio siguió frecuentando el café con piernas, ubicado en el laberinto comercial del Portal Fernández Concha y mantuvo su embate contra la agraciada mesera morena clara de largas piernas y cabellera azabache.

“Un día le dije: bueno poh, salgamos, ¿a dónde me vas a invitar?”, recuerda Nora, quien a esas alturas ya sentía cierta atracción por su cliente-pretendiente, a quien encontraba “simpático”.

Ella arrumbó su bikini en el vestidor del café, se colocó unos jeans, una blusa blanca entallada y a la cintura y unas sandalias. Era un verano en el que los dos acabaron una larga juerga romántica bailando pegaditos y prendidos a besos en una discoteca del barrio Bellavista.

Tras un mes de salidas y largas tardes-noches de intimidad, él dejó un departamento que rentaba en el centro-oriente de la ciudad y se fue a vivir al departamento de ella, donde comparten la vida juntos desde hace dos años.

“Hemos tenido altos y bajos, como todas las parejas, pero bien, no me quejo. El quiere mucho a mis hijos y es preocupado de ellos. Quiere sacarme de trabajar aquí y estamos pensando en poner un negocio chico que yo pueda manejar, una papelería o un videoclub”, dice Nora.

Mientras se cumple el sueño, ella sigue atendiendo a su clientela en el “Felinas”. El bikini es el mismo, igual que el olor a cafés expressos y la ensordecedora música de reggaetón. Los caballeros tienen las manos largas pero Nora sólo permite que la toque Sergio.

Un día de estos colgará para siempre su bikini y se pondrá sus jeans para andar por la vida. Algo le dice que será feliz.

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