El valor de la política democrática

Por Gregorio Peces-Barba Martínez*

La política democrática necesita dignificarse y los políticos, prestigiarse y legitimarse. Una serie de condiciones objetivas deben unirse a las personales para que esos fines puedan alcanzarse.

Entre las condiciones mínimas para situarse en escenarios respetables para la política y los políticos, encontraremos el rechazo de la violencia, que no sea uso de la fuerza legítima a través del Derecho, el valor eminente de la vida humana y de su dignidad y el predominio de la conciencia sobre la potencia.

Es decisivo el escenario democrático para la política, y para los políticos, a través de la existencia de unas reglas de juego que señalen los valores, los principios y los derechos, y los procedimientos y las instituciones comunes que todas deben aceptar.

Entre los principios sustanciales están la libertad, la igualdad y la solidaridad, y entre los procedimentales, la seguridad, el pluralismo y los principios de las mayorías y de la negociación.

Autores como Karl Mannheim, Ortega y Gasset o Benedetto Croce, entre otros, expresan de una forma u otra la dimensión moral, de ética pública, de esos criterios comunes, y la necesidad de la presencia de los intelectuales para realzar desde las ideas las justificaciones de ese sistema como sistema preferible: en esos ámbitos, la política está cerca de la cultura.

Croce señala que los ideales de la libertad, en esas condiciones de dignidad intelectual, fortalecen sus esperanzas de un futuro de renovación moral de la democracia. La siniestra presencia de los fascismos y de los leninismos fueron la otra cara que presagiaba un desastre moral para el mundo libre.

No todo está ganado ni siquiera hoy y debemos seguir estando vigilantes para evitar las nuevas formas de los fascismos y de los leninismos que envenenan a muchos desde su ideología del enemigo sustancial, antítesis de la cultura democrática.

Aunque vivan en democracia hay políticos que no reúnen estas condiciones mínimas para actuar coherentemente en democracia y no sólo deslucen los escenarios de la libertad, sino que los contaminan con nombres ajenos, y corrompen las formas y los contenidos.

El juego sucio, la mentira, la dialéctica del odio y del amigo enemigo, la incapacidad para reconocer errores y para limpiar sus filas de corruptos, el tú más, la técnica de lanzar basura contra el adversario para tapar las faltas propias y vivir según la pasión y no según la razón son algunos signos de esa carencia de fundamentos mínimos para hacer política en democracia.

Los políticos pueden ser ideólogos o expertos como “creadores o transmisores de ideas y deconocimientos políticos relevantes, y también según el papel que desempeñen en el contexto político”, según las autorizadas reflexiones de Bobbio en su trabajo Intelectuales y poder.

Los primeros se ocupan sobre todo de los principios y los segundos de los medios. Los unos actúan por valores y los otros por el objetivo a alcanzar. En los respectivos extremos están los utopistas y los técnicos. Unos y otros deben ser fieles al valor de la política democrática.

También encontraremos la traición y la deserción. Bobbio dirá que traicionar es pasarse al enemigo y desertar abandonar al amigo. Con la existencia de la corrupción que también nos encontramos en políticos y que puede afectar a todos, la traición y la deserción vienen a significar lo mismo.

El corrupto a la vez traiciona y deserta de los ideales y de los valores de ética pública que cada partido representa. Ninguna interpretación de ese comportamiento puede avalar buena fe o lealtad. Más bien avala simpleza o complicidad.

Por otra parte, en las sociedades democráticas el comportamiento de los políticos debe ajustarse a la cultura laica que expresa el espíritu de la modernidad y que supone filosofías mundanas, idea de progreso, respeto al conocimiento racional, al saber y a la difusión de las luces humanas, frente a la fe, pluralismo y tolerancia.

Desde estos criterios, la

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