El cambio llegó a El Salvador

Por Luis Yáñez-Barnuevo*

Las elecciones de los últimos años en América Latina han marcado una clara tendencia hacia la izquierda, la gran beneficiaria del fracaso del neoliberalismo representado por el consenso de Washington predicado durante la era de George W. Bush.

Dos modelos de izquierda han accedido al poder. Por un lado, aquellos que pueden considerarse próximos a la socialdemocracia. Son los casos de Brasil, Uruguay, Chile, Perú, Paraguay, Costa Rica, Panamá, Guatemala y ahora El Salvador. Por otro, el modelo autotitulado “socialismo del siglo XXI” de Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua.

Naturalmente, este esquema, como todos, peca de simplificador, pero está claro que entre los primeros dominan la institucionalidad, la alternancia en el poder y el carácter gradualista y reformista de sus políticas, y en los segundos existe una tendencia al populismo izquierdizante y al caudillismo con dosis variables de antinorteamericanismo.

Las afinidades electivas funcionan en el interior de cada grupo, pero ello no quiere decir que actúen como bloques homogéneos ni antagónicos entre sí.

Sí parece evidente que Brasil lidera, con diplomacia y sutileza, al grupo de izquierda moderada, y Venezuela intenta hacer lo propio con los partidarios del “socialismo del siglo XXI”, disputándose ambos, con ventaja para Brasil, la hegemonía en Suramérica, como se ha demostrado con la creación y funcionamiento de UNASUR.

Hasta las elecciones del 15 de marzo, El Salvador había quedado al margen de la citada tendencia a la izquierda. El país venía siendo gobernado por la derecha, el partido ARENA, desde las elecciones presidenciales de 1989, aunque desde el proceso de paz de 1992, en el pacto de Chapultepec, que terminó con 12 años de guerra civil, la izquierda ha ido creciendo bajo las siglas del FMLN, minoría mayoritaria en la Asamblea parlamentaria desde las elecciones del 18 de enero último y con más votos que ARENA en las municipales de la misma fecha.

Pero no lo ha tenido fácil en un país donde se ha cultivado un fuerte anticomunismo militante desde los años treinta del siglo pasado, cuando los terratenientes cafeteros y los militares provocaron la famosa matanza de Izalco, en la que murieron más de 30.000 campesinos, poco después del fusilamiento del propio Farabundo Martí.

Claro está que, como ocurre siempre en toda situación de extrema polarización, el FMLN continúa dominado por sectores dogmáticos. Los intentos modernizadores se han saldado en el pasado con expulsiones o creación de nuevos partidos, y las crisis siempre las han ganado los “comandantes”.

Las cosas sólo empezaron a cambiar cuando emergió como candidato del FMLN a la presidencia de la República Mauricio Funes, un prestigioso e independiente periodista político, quien desde el principio dejó clara su tendencia socialdemócrata, su acercamiento a Lula, Bachelet o Zapatero y su distancia de los Castro, de Chávez y, especialmente del vecino Daniel Ortega, cuyo régimen se aleja cada vez más del sandinismo y se acerca más al caligulismo.

El grupo de “amigos de Mauricio Funes” —formado por intelectuales y profesionales independientes— ha jugado a favor de la mesura, de la izquierda reformista.

Favorecido, sin duda por la victoria arrolladora de Barack Obama en Estados Unidos, en un país de fuerte influencia norteamericana, la moderación de Funes, la ausencia de agresividad en su mensaje, la centralidad de su discurso han terminado por calar en las capas medias urbanas sin perder el apoyo tradicional de los votantes del FMLN.

No lo tenía fácil, insisto, porque sociológicamente el país es mayoritariamente de derechas y porque, sólo un mes antes de los comicios, el tercer y cuarto partidos, el PCN (Partido de Conciliación Nacional) y PDC (Partido Demócrata Cristiano), habían retirado sus candidatos a la presidencia en favor del aspirante presentado por ARENA, Rodrigo Ávila, antiguo jefe de la Policía Nacional Civil.

Durante la campaña electoral muchos se han hecho la

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