Mauricio Funes y los estados de confianza

Los endiablados tiempos de crisis que vivimos puede que sean solo el resultado de una desconfianza generalizada entre los seres humanos que hacen girar al mundo.

Todo empezó con las hipotecas basura instrumentalizadas a conciencia por unos desalmados en Wall Street. Ahora la desconfianza ha contaminado a sectores elementales de la economía real en todo el mundo como el empleo, la productividad, el crédito, el consumo, etc. y amenaza con poner a otros 1,000 millones de personas bajo el umbral de la pobreza, según Naciones Unidas y El Banco Mundial, demasiado castigo para la humanidad por la desaparición repentina de la confianza.

Aquí en El Salvador, la desconfianza global nunca nos había azotado tan fuerte, aunque siempre tuvimos nuestros propios niveles de desconfianza en nuestros administradores públicos.

En abril de 2008, el presidente Saca habló de la crisis como la “tormenta perfecta”, mal copiando al autor original Sebastian Junger, quien habla en su homónima novela de la furia de la naturaleza y el desamparo que se siente cuando se está de verdad en peligro de perder la vida.

Estamos en medio de “la tormenta perfecta”, pero gracias a “nuestra condición fiscal estable y la responsabilidad con que se ha manejado la economía, estamos preparados para enfrentar la crisis” dijo Saca. Acto seguido, detalló a los periodistas presentes, en aquella rueda de prensa, el paquete de medidas para ayudar a las familias salvadoreñas.

Su novedoso plan hizo portada en todos los periódicos pero eso no impediría que aquel fin de semana de finales de abril de 2008 marcara el principio de su decadencia como político.

Ahora el presidente Saca, tocado seriamente del ala derecha, por la pérdida de las elecciones, intenta recomponerse en la fase de transición. Hace bien, ya no tiene por donde.

Por su parte el presidente electo, Mauricio Funes, tiene una espectacular tarea por delante para desafiar los elementos y crear o recrear estados de confianza en los ciudadanos, que ahora mismo, en lo que respecta a la política y a políticos, se encuentran raspando bajo por las superficies del suelo.

Oficialmente los ciudadanos le han dado poco margen —unos 69 mil y pico votos más— pero este margen en realidad es mucho más cuantioso si se tiene en cuenta los grandes muros de piedra que este compatriota salvadoreño de 49 años ha tenido que derribar —en buena parte por su cuenta— en la pasada contienda electoral: una prensa hostil, un aparato de gobierno al ataque, una gran desigualdad en los recursos (dinero y publicidad), unas resistencias internas en su partido y unos poderosos comerciantes y analistas políticos jaloneándole las vestiduras.

Funes derribó las murallas y se hizo con el voto de confianza, en un histórico triunfo que algunos analistas —incluidos aquellos que entonces lo machetearon— han llamado la “Victoria de la Democracia Salvadoreña”.

Sin embargo, ahora toca crear un equipo de gobierno, entrarle al oficio de gobernar y echar andar políticas y mensajes que creen estados de confianza en la gente y en la región. Todo un hermoso desafío para los próximos 5 años.

En el pasado, los gobernantes salvadoreños habían limitado la búsqueda de la confianza casi exclusivamente en los reducidos círculos de poder, donde se sostenían y los que condicionaban, en buena medida, los mandatos en curso y los de futuro, dejando un poco al margen los estados de confianza de las masas, sobre todo, las más desfavorecidas quienes, en realidad, nunca han pasado de tener confianza cero en los representantes públicos.

Difícilmente un colectivo históricamente marginado puede tener algo de confianza en un cargo público que lo ha ignorado toda la vida. Pero lo verdaderamente inexplicable es que lo elegían.

Pero, ahora todo eso parece ir desmoronándose, la gente llana y de clase media que votó por Funes parece creer en las buenas intenciones políticas del presidente electo y le pedirán, como debe ser en Democracia, que se les tome más en cuenta.

Mauricio Funes no solo tiene que lid

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